

José Pedrouzo Bardelas (Piñor, Ourense, 1951) recibirá, en el próximo Encuentro Médico, la máxima distinción que otorga nuestro Colegio, la Medalla de Oro y Brillantes. La Junta Directiva decidió concederle el galardón por unanimidad —a propuesta de la Comisión de Honores y Premios colegial— para reconocer a un facultativo brillante, humanista, cercano y muy querido por sus pacientes y compañeros. El doctor Pedrouzo proviene de una familia muy humilde, pero consiguió cursar sus estudios medios y licenciarse en la Facultad de Medicina de la USC a través de becas que obtuvo gracias a sus excelentes resultados académicos. Es especialista en medicina interna y cardiología, funcionario por oposición del Cuerpo Nacional de Médicos Forenses del Ministerio de Justicia y de Asistencia Pública Domiciliaria, fue jefe del Servicio de Atención Primaria del centro de salud de Serantes y fundador de la Unidad Docente de Medicina Familiar y Comunitaria de Ferrol, médico en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Arquitecto Marcide y también ejerció en los antiguos astilleros de Bazán, además de desarrollar actividad privada y trabajar como técnico superior de riesgos laborales en NEX-GRUP. Recibe a A Saúde de Galicia en su casa, donde cuenta con una magnífica biblioteca —cuyas estanterías, además de algunas de las grandes obras médicas, están llenas de tomos sobre historia, otra de sus grandes pasiones— y rodeado de recuerdos que algunos de sus pacientes le han entregado a lo largo de más de cuatro décadas de dedicación a la medicina.
Supone un gran honor que nunca esperé recibir. A fin de cuentas, yo solo fui un médico que hice el trabajo lo mejor que pude y supe en favor de toda la población, tanto a nivel asistencial como en mi faceta de perito judicial. Siempre procuré actuar de la manera más honesta posible, tal y como me enseñó el profesor Luis Concheiro Carro: decía que había que ser objetivo y justo en el ejercicio y en las peritaciones judiciales. Es una gran satisfacción que hayan reconocido mi humilde trabajo durante estos cuarenta años.
Nací en Pazo de Coiras, una aldea minúscula en el municipio de Piñor, al norte de la provincia de Ourense, que actualmente solo tiene tres habitantes. Era una zona donde se produjo un importante fenómeno migratorio: primero a América en las décadas de los años 20 y 30, y luego a Europa en los 60. Mi infancia transcurrió en un entorno sin luz eléctrica —iluminábamos con candiles de queroseno—, carretera, agua corriente, coches, radio, periódicos ni televisión. El aislamiento era casi total, especialmente en invierno, cuando la nieve podía bloquearnos durante quince días. Vivíamos de lo que daba el campo: teníamos cuatro vacas, cuatro ovejas, una cabra y un cerdo. Mis padres eran analfabetos, nunca tuvieron la oportunidad de ir a la escuela. Mi padre aprendió el oficio de carpintero y era muy bueno haciendo aperos de labranza. Yo dormía en una cama hecha con tablas, un colchón de hojas de maíz y sábanas muy ásperas de lino tejido en casa. El frío en invierno era inmenso.
Recuerdo especialmente a un maestro joven, Luis Rodríguez Cid, que llegó como interino a la escuela —los profesores no permanecían en un sitio tan aislado más de uno o dos años— y se fijó en mí. Yo tenía buena memoria y aprendí rápido a leer y a escribir. Destacaba entre los demás niños, por lo que los maestros sentían cierto aprecio por mí. Incluso me regalaban gomas de borrar y lápices, lo que me costó sufrir lo que hoy llamaríamos bullying. Los compañeros llegaron a apedrearme, aunque, por suerte, mi casa se encontraba cerca del colegio. Don Luis fue quien convenció a mi padre de que yo tenía que continuar estudiando. Él, tras comprobar que yo no servía para carpintero y saber que continuar por la senda académica no le costaría nada gracias a las becas del Patronato de Igualdad de Oportunidades, aceptó. Fui a Ourense para hacer el examen de ingreso en el instituto y, después, me comunicaron la concesión de una beca de 14.700 pesetas, así que me trasladé a un internado del Frente de Juventudes para poder estudiar en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ourense.
En el internado convivíamos 36 chicos en una misma habitación llena de literas —algo que yo no había visto nunca—. Sufrí muchas novatadas, pero me encantó ir al instituto. Me gustaba especialmente la asignatura de ciencias naturales. Pude ir renovando la beca porque nunca suspendí ninguna asignatura en junio, y durante los veranos volvía a la aldea para ayudar a mis padres en el campo y con los animales.
La idea de ser médico me atrajo desde niño. Siempre ha sido mi vocación. Me fascinaba la biología —ya de pequeño diseccionaba ranas y conejos—, y la medicina es la cumbre de esa ciencia. También hubo muchos libros que me inspiraron para querer ser médico, como Sinuhé, el egipcio y, sobre todo, Cuerpos y almas. Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir qué estudiar, en un primer momento no opté por medicina, sino por ingeniería industrial técnica. Solicité la beca para cursarla en Vigo.
El motivo era puramente económico. Se trataba de una carrera de tres años, mientras que medicina eran seis más el curso preuniversitario. Pensé que era muy larga para mí. Sin embargo, pronto me arrepentí de la decisión tomada y pedí al director del internado, Óscar Santacruz, que me ayudara para cancelar la solicitud y poder estudiar medicina. Lo hizo, y me quedé un año más en Ourense para cursar el “preu”.
Sí. Tras matricularme en la universidad me otorgaron una beca salario —la más importante que había en España, de más de 80.000 pesetas—. Tardó en llegar, pero con ella pude costearme la estancia en la residencia universitaria Burgo de las Naciones —1.500 pesetas al mes— y la comida en el Sindicato Español Universitario —30 pesetas diarias—. Incluso me sobraba dinero, que empleé en pagar la cotización al régimen agrario de la Seguridad Social de mi madre para que pudiera cobrar una pensión. La carrera me encantó desde el principio, especialmente la asignatura de anatomía. La terminé en cinco años, en lugar de en seis. Nunca suspendí un examen y conseguí diez matrículas de honor y muchas calificaciones de sobresaliente.
En primer lugar, Luis Concheiro Carro, que entonces era profesor adjunto de medicina legal. También los catedráticos Ramón Domínguez, José Luis Puente, José Peña Guitián y David Suárez Núñez.
Usted llegó a la universidad a comienzos de los años setenta, una época muy combativa. ¿Cómo vivió esa etapa?Empecé la carrera en 1971, y se vivía un importante conflicto en la universidad. Había una gran cantidad de manifestaciones prohibidas y mucha presencia de la policía armada. En el segundo trimestre, debido a la gran conflictividad estudiantil, cerraron todas las facultades durante dos meses, dando el temario por explicado. Yo participé en algunas protestas al principio, pero después lo pensé mejor y me alejé. En caso de ser detenido, me aplicarían el Tribunal de Orden Público, me quitarían la prórroga militar y seguramente me enviarían al Sáhara —como le sucedió a algunos amigos míos—, me retirarían la beca salario y me echarían de la facultad. Por lo tanto, decidí volver a la aldea con mis libros y apuntes.
El plan era quedarme con el profesor Concheiro para hacer la tesis doctoral y permanecer en la facultad dando clases de medicina legal. Yo en el departamento ya realizaba autopsias —en las que me ayudaba el actual presidente del Colegio, Luciano Vidán— y embalsamamientos para traslado de cadáveres al extranjero. Me presenté a la reválida, obtuve un sobresaliente y me nombraron forense interino del juzgado número uno de Santiago. Al poco tiempo, obtuve una plaza de ayudante de traumatología interino en el Instituto Nacional de Previsión. Sin embargo, a finales de ese año me destinaron a Ceuta para completar el servicio militar obligatorio. Me presenté a las pruebas del MIR en Málaga —el sitio más cercano donde se realizaban— y después regresé a Galicia, pero no pude incorporarme al equipo del doctor Concheiro porque la plaza había sido ocupada durante mi ausencia, así que comencé la residencia en el Hospital General de Santiago. Mi calificación me permitía elegir Puerta de Hierro o La Paz —los hospitales más prestigiosos en aquel momento—, pero decidí quedarme en Santiago, primero en medicina interna y después en cardiología. Al mismo tiempo me presenté a las oposiciones al Cuerpo Nacional de Médicos Forenses —obtuve plaza en Noia—, aprobé el curso de médico de empresa en el Instituto de Higiene y Seguridad en el Trabajo de Rande y completé los cursillos de doctorado. Cuando terminé la residencia, me presenté al examen del Insalud y, como no salían plazas de especialistas, cogí una de Atención Primaria en Ferrol. Mi intención era regresar a Santiago después de un año, pero me quedé para siempre.
Cuando llegué a Ferrol se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme trabajo porque uno de los médicos de la empresa se jubilaba, y acepté. También colaboré haciendo guardias en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Arquitecto Marcide y atendía pacientes en el sanatorio San Javier. Además, acompañé a un amigo a las oposiciones de médico de Asistencia Pública Domiciliaria. Hice el examen casi por casualidad y aprobé. Tuve que ir a tomar posesión de la plaza a Toledo, pero pedí la excedencia voluntaria al instante para poder atender mis responsabilidades en Ferrol. Fueron años intensos de una dedicación enorme a mi trabajo.
Tras incorporarme, en 1982, una de mis tareas era estudiar los pulmones de los trabajadores a través de escopia, fundamentalmente para buscar signos de tuberculosis. Muchos tenían unas manchas blancas en las pleuras parietales, en las pleuras diafragmáticas y, en ocasiones, también fibrosis pulmonar, pero solían relacionarse con una tuberculosis autocurada en el pasado. Sin embargo, ese diagnóstico no me convencía —además, había observado una importante incidencia de casos de cáncer de pulmón, también en personas jóvenes, fueran fumadoras o no—, así que comencé a consultar bibliografía para saber ante qué nos encontrábamos. De esta manera empecé a diagnosticar, sin ayuda, casos de asbestosis o exposición al amianto blanco —crisotilo—. Para confirmarlos, me apoyé en el Instituto Nacional de Silicosis de Oviedo, que era el centro de referencia para el norte de España. Ellos ratificaron el 99 % de los diagnósticos que realicé. Hubo cientos de casos, y me tocó explicar a los afectados que no había tratamiento para la enfermedad y que el periodo de latencia hasta que aparecen los primeros síntomas es de 25 o 30 años.
Sí, cuando comencé a ejercer como médico en la empresa estudié la presencia de amianto y comprobé que se usaba para todo. Funcionaba como aislante térmico y antiincendios en los barcos, por lo que era omnipresente. “Comemos amianto”, decían los empleados. No solo afectaba a los operarios, sino también a los que trabajaban en oficinas, porque las fibras estaban en el aire. Las reparaciones eran especialmente problemáticas debido a que generaban más polvo. El comité de empresa presionó mucho para acabar con el uso de amianto, e incluso me mandaban placas de los astilleros de Cartagena para que las analizase. Como nosotros notificábamos los casos al Instituto Nacional de Medicina del Trabajo, en Madrid se sorprendían de la cantidad de afectados que teníamos en Ferrol, que eran prácticamente todos los de España. En realidad tenía que haber muchos más en otras entidades, como Renfe, la Marina o —sobre todo— las fábricas de fibrocemento, pero no se diagnosticaban.
El problema acabó saltando a la prensa a raíz de un juicio por un caso de mesotelioma. El Gobierno, que tenía una moratoria para la prohibición del amianto, decidió prohibir su uso de forma inmediata. Las consecuencias que provoca este material en la salud ya se conocían en otros países, pero en España fuimos con diez años de retraso. Mi trabajo dio comienzo a un proceso que terminó convirtiendo el amianto en un asunto de estado. Los casos siguieron —y seguirán— apareciendo, muchos ya diagnosticados en la Seguridad Social y en la unidad especializada que se creó en el hospital.
El centro se inauguró en junio de 1989 y me nombraron jefe de Servicio en marzo de 1990. En aquella época, el centro de salud de Cambre era pionero, con Arturo Louro al frente, y nosotros intentamos seguir sus pasos. Empezamos de cero con un equipo de médicos nuevos y pusimos en marcha programas de atención a diabéticos, hipertensos y pacientes crónicos en general. Comenzamos a hacer electrocardiogramas, espirometrías, algunas intervenciones de cirugía menor con bisturí eléctrico y citologías a mujeres sanas, algo innovador en aquella época. También estuvimos entre los primeros en nuestra área sanitaria en contar con ecógrafos. Otra cuestión importante fue la implantación de un programa de educación sanitaria, en el que organizábamos charlas con los vecinos, y llegamos a crear un consejo de salud en el que participábamos el jefe del Servicio, el coordinador de enfermería, el pediatra, el trabajador social y representantes de las asociaciones vecinales.
Fui fundador de la Unidad Docente de Medicina Familiar y Comunitaria —que no existía en Ferrol— junto a Luciano Vidán y Ramón Veras Castro. En el centro de salud de Serantes se han formado, como mínimo, 80 médicos residentes de toda España y también de países como México, Colombia, Argentina y Perú. Yo fui tutor de 18. También formamos a psicólogos clínicos de la Universidad de Santiago, además de enfermeras residentes.
Cubrí guardias en el hospital entre 1984 y 1998, cuando pasé a hacerlas en el Punto de Atención Continuada en el centro Fontenla Maristany hasta mi jubilación, en 2016. Y trabajé en Bazán entre 1982 y 2007 —ya convertida en Navantia—, cuando decidí dedicarme exclusivamente al sistema público y abandonar toda actividad privada.
Es difícil elegir. Una de ellas fue, desde luego, trabajar en Navantia y encontrarme con el ámbito industrial. Fue una gran experiencia para mí, una escuela de la vida, porque me sumergí en un mundo totalmente diferente a la sanidad que conocía. Me marcó mucho. Además, allí sentí el aprecio tanto de la dirección como de los trabajadores y sindicatos —especialmente UGT y, sobre todo, Comisiones Obreras—. Les parecía el médico más accesible y natural de los que ejercían en la empresa, me veían como a uno de ellos. También viví momentos complicados, como la reconversión industrial, con la que la plantilla pasó de más de 7.000 trabajadores a unos 1.800, pero hubo que hacerlo para poder entrar en el mercado común. Otra cuestión muy importante fue la creación de la unidad docente en el centro de salud de Serantes. Resultó muy gratificante formar a tantas generaciones de médicos de familia, y la despedida que organizaron con motivo de mi jubilación, a la que asistieron más de cien personas, fue muy emocionante.
No recuerdo momentos especialmente difíciles en lo profesional que me marcaran negativamente. La medicina me apasionaba —y sigue haciéndolo—, y siempre he afrontado el trabajo médico con mucha calma y pasión, incluso en las situaciones más estresantes —como las urgencias—. Quizás la época más dura fue la aparición del sida en los años 80, porque afectaba a personas muy jóvenes y se trataba de una enfermedad con muchas complicaciones. Un diagnóstico de sida equivalía a la muerte.
Los cambios han sido enormes. Cuando yo empecé a trabajar, en los años 70, el diagnóstico dependía casi por completo de la exploración física. Los medios también eran muy diferentes: prácticamente no había ambulancias, por ejemplo, y estas eran como furgones fúnebres. Normalmente se transportaba a los heridos en coches particulares. En una ocasión, alguien trajo a un paciente en el maletero porque no quería que la tapicería de su vehículo nuevo se estropeara con la sangre. La gran transformación llegó con la Ley General de Sanidad de 1986, impulsada por el ministro del ramo, Ernest Lluch. Se extendió la sanidad a toda la población, desapareció la beneficencia municipal y se crearon las primeras residencias sanitarias. Actualmente, considero que la sanidad pública en España —y particularmente en Galicia— tiene un nivel muy alto. Contamos con hospitales punteros en los que se hacen todo tipo de pruebas e intervenciones con acceso a las pruebas más avanzadas y cirugía robótica. No obstante, no solo ha cambiado el sistema sanitario, también lo han hecho los pacientes.
Antes eran, precisamente, más pacientes. Creo que, actualmente, tanto las personas jóvenes como las que ya no lo son tanto acuden con mayor frecuencia al médico. Esto contribuye a alimentar el problema de las listas de espera, que tanta angustia provocan en la población y que les lleva a ir a urgencias, colapsando los servicios. Ellos, como es lógico, están preocupados y quieren saber cuanto antes cuál es el problema. En esto también influye el acceso casi universal a internet, donde encuentran mucha información sobre salud —a veces errónea— que les lleva a llegar a la consulta exigiendo ciertas pruebas al médico.
La nuestra es una profesión que tiene que ser vocacional. Si no te gusta ser médico, nunca serás un buen clínico. Lo primero es mirar a la cara al paciente. Solo con eso, se pueden descubrir muchas enfermedades, como problemas biliares o anemia. En segundo lugar, hay que escucharlos de forma empática. Esto lleva tiempo, pero es muy importante porque nos dice no solo qué le pasa, sino también cómo se sienten. Después llega la exploración, la auscultación y, si es necesario, las pruebas para establecer el diagnóstico lo antes posible y pautar el tratamiento adecuado. Hay que interpretar todos los síntomas clínicos y signos en el contexto de la edad y de la situación sociolaboral.

La relación con los pacientes tiene que ser de total confianza, casi como la de un sacerdote en un confesionario, para que cuenten de manera honesta y verídica qué le pasa. Y el médico tiene que escucharlos para que perciban que se les presta atención. Si haces eso, aunque alguna vez cometas un error diagnóstico o terapéutico —algo que nos pasa a todos—, el paciente y su familia suelen ser comprensivos, porque sintieron que hiciste todo lo posible y los trataste con humanidad. También es importante ser accesible, pero marcando ciertos límites.
A lo largo de mi vida me invitaron a sumarme a proyectos políticos desde diferentes partidos, pero nunca quise mezclar el ejercicio de una profesión tan importante como la medicina con la política. En 2015, cuando estaba a punto de jubilarme, volvieron a contactar conmigo para pedirme que ayudara formando parte de una lista electoral. Me convencieron argumentando que me iba a aburrir mucho estando jubilado, así que acepté. Ser concejal fue una experiencia totalmente nueva para mí. Aprendí muchas cosas de un mundo que desconocía totalmente y que es muy diferente al sanitario. Resultó interesante e, incluso, bonito. Durante los cuatro años que estuve en el Ayuntamiento mantuve una relación fluida con todos los grupos políticos.
Me encanta viajar. Soy un gran aficionado a la historia —la del mundo en general y, particularmente, la de España en los siglos XIX y XX— y me atrae conocer los contrastes culturales que existen entre los diferentes países. En mi etapa como médico tuve la oportunidad de ver algo del mundo acudiendo a congresos profesionales, pero fue al jubilarme cuando pude dedicarme a conocerlo mejor. He visitado las principales capitales europeas —como Londres, Bruselas, Viena, Praga o Budapest— y también recorrí Italia de norte a sur. En otro de mis viajes pasé por Moscú, San Petersburgo, Sergiyev Posad —el Vaticano ortodoxo, cerca de la capital rusa—, Helsinki, Tallin y Dinamarca. Después visité países de Sudamérica como Colombia, Ecuador y Brasil y, a continuación, recorrí la India desde Nueva Delhi a Calcuta, pasando por la ciudad santa de Benarés. Allí conocí un mundo totalmente distinto al nuestro, con mucha pobreza. También he estado en China y en Japón y, después, decidí ir a Egipto, porque me encanta su cultura y su historia, aunque tuvimos que estar acompañados de escoltas armados por seguridad. También he estado en Jordania visitando Petra, Amán y los campos de refugiados palestinos, y de allí pasé a Israel para conocer Tel Aviv, Jerusalén, Nazaret y Nablus, en Cisjordania. Estuve en el Muro de las Lamentaciones —era el único no judío ortodoxo cuando fui— y también en la explanada de las mezquitas, a pesar de que me recomendaron no hacerlo por seguridad. Ahora me gustaría ir a Argentina, donde residen algunos familiares.
Como un profesional honrado y honesto que hizo lo que pudo, dentro de sus limitaciones, para ayudar a todo el mundo sin ningún tipo de distinción.