

Después de 35 años como médica de familia en el centro de salud de Adormideras, Rosa Rodríguez Álvarez (Sober, 1960) se despidió de sus pacientes y compañeros el pasado mes de mayo para pasar a disfrutar de su jubilación. Tras una vida dedicada a cuidar a los demás, su intención era marcharse de forma discreta, pero decenas de pacientes quisieron demostrarle públicamente su cariño con una sorpresa a las puertas del centro, donde le entregaron un ramo de flores y un cuaderno con dedicatorias. Unas semanas después, la Xunta de Galicia le concedió la Medalla Castelao en representación de los profesionales de la Atención Primaria. Conversamos con ella sobre los retos del sistema sanitario, las necesidades de la medicina familiar y comunitaria y su trayectoria, marcada por la cercanía a los pacientes.
Soy médica por vocación. Se trata de algo que me gusta desde que era niña. Cuando veía a alguien enfermo o con una herida, rápidamente me acercaba para ver si podía ayudar de alguna manera. Recuerdo que, un día de Reyes, me regalaron un juego de enfermera y, según cuenta mi madre, todo lo demás pasó a un segundo plano en cuanto lo vi. Al contrario que algunos otros niños, nunca tuve miedo a las enfermedades ni a la muerte, y siempre jugaba con un fonendoscopio y una jeringuilla para curar a los demás. No obstante, cuando terminé el bachillerato en Monforte de Lemos —donde tuve la fortuna de contar con un profesorado excelente— dudé mucho entre las licenciaturas de medicina y periodismo, que también me gustaba mucho.
En primer lugar, porque mi vocación médica era más fuerte. Además, en aquel momento no había estudios de periodismo en Galicia, solamente en Madrid y Barcelona. El ímpetu de la juventud hizo que incluso me planteara matricularme en ambas —siguiendo el ejemplo de un primo, que estudiaba dos carreras a la vez—, pero mi padre, de forma muy sensata, me dijo que tenía que elegir una. Creo que acerté con la decisión tomada, aunque el periodismo y, sobre todo, el mundo de la radio, me siguen pareciendo interesantes. Estoy segura de que también hubiera sido feliz como periodista, pero la medicina —y en concreto la de familia— ha sido mi gran pasión.
Siempre fui estudiosa, trabajadora y muy constante, así que me licencié sin problema y con buen expediente. Una diferencia importante es que, en aquella época, los alumnos no terminaban la carrera tan orientados hacia el examen MIR como hoy en día. Nosotros lo preparábamos por nuestra cuenta, porque no había academias. Conseguí plaza la segunda vez que me presenté.
Mi vocación siempre ha sido estar al lado del paciente. Para mí solo existían dos posibilidades: medicina interna o medicina de familia. Me parecían la verdadera medicina, las especialidades que ofrecen una visión más amplia de las personas. Nunca me planteé una especialidad quirúrgica ni muchas otras, que veía como parcelas del paciente demasiado específicas. Yo quería tener una visión más amplia, y creo que esto solo lo dan esas dos especialidades. A la hora de elegir lo tuve muy fácil, porque en medicina interna ya no quedaban plazas, así que solo había una opción que me atrajera.
Decidí venir a A Coruña porque el entonces hospital Juan Canalejo tenía fama de formar muy bien a los médicos de familia. Empecé el MIR en 1985 y estuve hasta 1988. No me arrepentí en absoluto. Hay que recordar que, en aquel momento, se ofertaban solamente alrededor de 1.300 plazas de residente en toda España. En A Coruña, de mi promoción entramos catorce, de los que aproximadamente diez éramos de medicina familiar y comunitaria y, el resto, de otras especialidades. Esto nos permitió formarnos muy bien, porque el hospital, por decirlo de alguna manera, fue nuestro. Aprendimos muchísimo. Actualmente hay tantos residentes por unidad docente que creo que la formación hospitalaria probablemente se resiente, aunque es cierto que ahora la formación en los centros de salud docentes, que en mi época apenas existían —solo había uno en Cambre—, ha ganado mucho.
La docencia ha ganado en el sentido de que ahora el médico de familia pasa mucho más tiempo durante su formación en el centro de salud, que es donde realmente muchos de ellos van a realizar su labor. Resulta muy positivo, porque ven cómo es el trabajo en primera línea. Además, hay muchísimos centros de salud docentes y desde la unidad docente les organizan múltiples cursos, sesiones clínicas y otras actividades que complementan su aprendizaje. Por el contrario, puede que en las rotaciones en el hospital haya un número de médicos de familia demasiado elevado para formarse adecuadamente en áreas que son muy importantes, como cardiología, otorrinolaringología, oftalmología o radiología, entre otras. Se ha mejorado en algunas cosas, pero probablemente la formación en algunas materias y técnicas hospitalarias queda un poco más coja. No se puede tener todo.
¿Cómo fueron sus primeros años en la profesión después de terminar la residencia?Me di cuenta de que lo que me atraía no era el hospital. Aprendí muchísimo allí durante tres años y fue una época fantástica que me dio muchas tablas, pero no me gustaba la urgencia hospitalaria. Me parecía demasiado estresante, aunque fue fundamental para mi formación. Además, me agobiaba ver a un paciente y no poder seguir su trayectoria. Comprendí que quería verlo en su totalidad y seguirlo a lo largo de los años. En la época en la que yo terminaba el MIR estaban empezando a funcionar los equipos de Atención Primaria, y desde un centro de salud de Ponferrada solicitaron médicos de familia. Me ofrecieron incorporarme y, como se encontraba muy cerca de Monforte —donde vivían mis padres— no me pareció una mala idea trasladarme allí. Aunque aprendí, nunca me encontré del todo a gusto en aquel centro de salud ni en la ciudad. Después, a finales de 1988, me llamaron para incorporarme al nuevo centro de salud que estaba empezando a funcionar en O Carballiño, del que me nombraron coordinadora. Fue una etapa maravillosa de mi vida. Pusimos a andar un centro de salud nuevo, integrando a médicos del sistema antiguo de Asistencia Pública Domiciliaria con los que llegábamos formados vía MIR. Se creó un equipo fantástico y aprendí muchísimo de aquellos médicos veteranos que, con sesenta años, se subieron al carro de la reforma. Durante mi etapa en O Carballiño se convocaron oposiciones del Insalud a nivel nacional. Me presenté, hice un buen examen y aprobé. En 1990 fuimos a Madrid a elegir plaza y ahí tuve otra gran duda: quedarme en Ourense, donde estaba encantada, o irme a A Coruña, una ciudad con más atractivos para una persona joven y soltera como yo en aquel momento. Finalmente me decanté por esta última. Me parecía una ciudad bonita donde había hecho la especialidad y en la que conservaba muchos amigos. Cogí la plaza en el centro de salud de Adormideras, y tuve la inmensa suerte de coincidir con un equipo maravilloso y unos pacientes que no podían ser mejores. Desde entonces no tuve la necesidad de moverme profesionalmente.
Es algo que hay que vivir, porque explicarlo resulta muy complicado. Como dijo Maya Angelou, “olvidarás lo que te hicieron, olvidarás lo que te dijeron, pero nunca olvidarás cómo te han hecho sentir”. Mis pacientes son especiales. Hace once años ya nos hicieron un homenaje espontáneo a la enfermera y a mí en el Club del Mar. Como los conozco y sé que son personas muy agradecidas — aunque el trabajo que yo hice es el mismo que el que hacen otros compañeros cada día—, esta vez pedí que no se dijera a nadie cuál era mi último día, porque ya me sentía más que reconocida por ellos. Sin embargo, ante la insistencia de algunos, la enfermera terminó por contarlo creyendo que solo serían cuatro o cinco personas las que querrían despedirse. Yo no sabía absolutamente nada, y cuando salí a la calle me encontré con las cámaras y un montón de personas aplaudiendo. Ante aquello, solo pude llorar de emoción. Recibir esa muestra de gratitud, de respeto y de cariño por parte de las personas a la que has ayudado, acompañado y a las que intentaste cuidar lo mejor posible es lo más grande.
Fue muy emocionante. Agradezco muchísimo a la Xunta de Galicia el inmenso honor de recibir la Medalla Castelao, aunque ya estaba más que satisfecha con el respeto y el cariño demostrados por los pacientes. El reconocimiento me hizo una ilusión enorme, sobre todo porque me permitió agradecer públicamente a mis pacientes y a mi equipo. La recogí yo en representación de compañeros —sanitarios y no sanitarios—, pacientes y toda la Atención Primaria en general, y por eso se encuentra en el centro de salud. No me sentí en absoluto merecedora de recibirla a título personal, porque lo único que hice fue realizar mi trabajo lo mejor que pude y supe, al igual que tantos otros profesionales. En un equipo no hay nadie más importante que otro. Todos necesitamos de todos para mejorar. Por eso me entristece ver cómo, en redes sociales o en la prensa, se lanzan críticas estériles entre sanitarios y no sanitarios y entre los propios sanitarios. En la parte central de la sanidad están los pacientes, sus familiares y sus cuidadores. Todos los demás giramos a su alrededor. Y tenemos que sumar, aunar esfuerzos y compartir conocimientos para llevar a buen puerto la sanidad. Una persona sola no puede conseguir la excelencia. Para lograrla se necesita un equipo.
Ha habido numerosos cambios. Para empezar, estudiar hoy en día es facilísimo. Si tienes una duda, puedes consultar el ordenador que llevas permanentemente en el bolsillo. Recuerdo que antes, para conseguir un artículo científico, tenías que ir a la biblioteca y dar muchas vueltas. Además, las técnicas y los fármacos han avanzado mucho. Hay medicamentos que conocí durante mi ejercicio profesional porque antes no existían. El enfoque sobre algunos tratamientos también ha cambiado radicalmente, como con los anticoagulantes. Hace años, una persona de 65 años casi se consideraba demasiado mayor para anticoagular. Actualmente, la edad es un criterio que pesa precisamente a favor de hacerlo. Además, ha habido grandes avances, como la prescripción electrónica o la historia clínica electrónica de Galicia —que me parece una herramienta valiosísima y fundamental—, y las consultas telemáticas con otros especialistas, cuando resuelven, nos ahorran tiempo a nosotros y desplazamientos al paciente. También hemos aprendido nuevas técnicas —como las infiltraciones, dermatoscopia o cirugía menor— y muchos compañeros se apoyan en la ecografía. Nosotros fuimos un poco autodidactas en este sentido, formándonos en nuestro tiempo libre. Creo que el Sergas nos hizo asumir demasiadas competencias, sobrecargándonos, y además no ofreció la formación que debería —por lo menos durante nuestro tiempo de trabajo—. Muchas veces se habla de la sobrecarga que sufren los profesionales en el hospital, pero nosotros también lo estamos, y mucho.
Aunque ahora hacen falta médicos, me da miedo que dentro de ocho o diez años volvamos a ver paro en la profesión, una situación que yo ya he vivido. La salida que teníamos muchos médicos era apuntarse en un pool y que te llamaran para hacer sustituciones. Que un sistema sanitario tenga profesionales desempleados para que cubran cuando otro se va de vacaciones o está de baja es un fracaso de la Administración. Hay que formar a los que se necesita, ni más ni menos, y los gestores tienen que adecuar las plantillas a las necesidades, pero nunca que haya personal en paro para cubrir a otros. Aunque estoy segura de que la gestión es extremadamente complicada, hay cosas que deberían haberse hecho mejor. En este sentido, creo que no se ha sabido ver la necesidad de relevo generacional. Es imposible cubrir todas las vacantes que dejan quienes se están jubilando actualmente. Esto no es algo de hoy ni de ayer. Tendría que haber estado previsto. Sin embargo, no me gusta meter el dedo en la llaga, porque lo que no se hizo ya no tiene remedio. Hagamos las cosas bien a partir de ahora y formemos a los que tenemos que formar.
En Atención Primaria a menudo nos consideran como la segunda división de la sanidad. Creo que se está potenciando mucho el hospitalocentrismo. El hospital es importantísimo, pero también hay que fortalecer la Atención Primaria, con lo que conseguiríamos que menos gente tuviera que ir a los centros hospitalarios. Esa es la base de un sistema sanitario, como se aprecia en los estudios. Resulta fundamental que se potencie porque todos saldremos ganando. De la inversión en sanidad en España, aproximadamente el 63% se destina a atención especializada, y solo el 14% para primaria, según el Foro de Médicos de Atención Primaria. Esto tiene que cambiar. Una atención primaria potente va a ser el fundamento de un sistema sanitario con una sanidad pública eficiente. Insisto en los avances que se han producido, por ejemplo con las técnicas quirúrgicas, el 061 o las unidades de hemodinámica —un paciente que haya sufrido un infarto va a acceder a una en muy poco tiempo, independientemente del lugar de Galicia de donde provenga—, pero a lo mejor también nos interesa tratar bien la diabetes, las dislipemias y la hipertensión. De esta forma no llegaría tanta gente a esas unidades y no habría tantos casos de insuficiencia cardíaca, que es el principal motivo de ingreso en mayores de 65 años. Si tratamos bien los factores de riesgo, la incidencia disminuiría drásticamente. Conseguir que un paciente deje de fumar no solo va a suponer un beneficio enorme para su salud, también para el sistema sanitario. El tabaco es el factor de riesgo prevenible con mayor impacto en la salud y su consumo se relaciona con numerosas enfermedades, con un aumento importante del gasto sanitario.
La saturación es un problema clave. Si empiezas la mañana con una agenda de treinta y cinco pacientes —que puede acabar por ser de cuarenta y cinco o más—, es imposible dedicarles el tiempo que necesitan para atenderlos bien. Con algunos puedes resolver en cinco minutos, pero a otros necesitas dedicarles mucho más tiempo. Es un factor fundamental sin el que no puede haber calidad. Muchos profesionales nos entregamos e hicimos muchas horas extra, pero no debería ser así. La atención no puede quedar al albur de su buena voluntad. Las plantillas tendrían que estar dimensionadas para que el trabajo se haga con el tiempo y la calidad requeridas.
Uno que vivimos especialmente mal son los imprevistos. Que un compañero se ponga enfermo y tengas que repartir su agenda, o que debas salir a un domicilio de forma urgente mientras dejas tu sala de espera llena durante un tiempo considerable. Aunque los pacientes suelen ser muy considerados y comprensivos, esa no debería ser la norma. Hacen falta soluciones para poder afrontar el día a día sin que la sobrecarga y la adrenalina te desborden. Esto va a llevar tiempo y se necesita personal. Creo que la situación mejorará en unos años. Ahora se está jubilando la generación del baby boom y no hay relevo para cubrir todas las plazas, pero se están formando muchos médicos de familia y la situación mejorará en unos años porque no habrá tantas jubilaciones. Insisto en que esto debe preverse bien para evitar volver a vivir paro médico.
La entiendo de una forma especial, como es lógico después de mi experiencia. Creo que, en este sentido, la continuidad asistencial es esencial. Hay estudios, como uno noruego con más de cuatro millones de pacientes, que demostró que tener el mismo médico de familia durante 15 años disminuye la mortalidad en un 25 %, los ingresos hospitalarios en un 28% y las visitas a urgencias en un 30 %. No hay casi ningún tratamiento farmacológico que demuestre unos resultados similares, y teniendo en cuenta el nivel de saturación de los servicios de urgencias, tal vez la Administración tendría que apostar por este tipo de políticas. Además, para un paciente —sobre todo con problemas crónicos o psicológicos— no hay nada más descorazonador que tener que contar su vida a un profesional diferente cada día. Si algo ha demostrado unos resultados tan espectaculares, aprovechémoslo. Cuando llevas tantos años atendiendo a una persona, solo por la forma en que entra por la puerta o te saluda llegas a saber que algo no va bien. Ese nivel de conocimiento y de confianza mutua, que se construye con el tiempo, te permite conocer su entorno, quién le cuida y cómo vive, lo que resulta fundamental para su bienestar. Ese conocimiento profundo es algo que solo tenemos en la Atención Primaria. En todo caso, es cierto que yo he podido estar 35 años en el mismo centro de salud debido a que confluyeron distintos factores. Trabajé en un lugar que me gustaba, en horario de mañana y con un equipo maravilloso, pero no todo el mundo tiene la misma suerte. Trabajamos muy a gusto, aunque la sobrecarga no te la quita nadie y en los últimos años experimentamos momentos difíciles, como la pandemia. Nadie estaba preparado para algo así, y tanto los pacientes, pacientes y cuidadores como los profesionales la vivimos con una angustia tremenda.

Los tres pilares básicos de mi especialidad son prevenir, realizar un diagnóstico y tratamiento adecuados y, no menos importante —y para mí lo más gratificante— paliar y acompañar. Hay una frase que ya viene de Hipócrates: “curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre”. Esto me parece algo muy bonito de la medicina de familia. Lo más gratificante para mí en los últimos años fue poder atender en sus casas —siempre con la ayuda del resto de los profesionales del equipo y consultando a otros especialistas sí lo precisaba— a los pacientes que lo querían y darles allí el confort que necesitaban. Para hacerlo hace falta tiempo y personal.
Es cierto que algunos pacientes pueden ver el ordenador como una barrera en la interacción. En mi caso, sin embargo, cuando comenzó a utilizarse ya llevaba muchos años atendiéndoles y teníamos una relación muy buena, así que era difícil que se desvirtuase. Lo que nos sobrecarga muchísimo es la burocracia. Aunque se está intentando mejorar, elaborar partes de baja y confirmación, informes para la dependencia o de todo tipo supone un extra de trabajo enorme que nos quita tiempo para lo verdaderamente importante. No tiene sentido, por ejemplo, que alguien a quien acaban de extirpar la vesícula biliar o una mujer que ha sido madre tengan que acudir o llamar al centro de salud para obtener la baja laboral. Este tipo de cosas ya se están empezando a hacer directamente desde el hospital. En este sentido, las empresas tampoco ayudan: hay casos en los que un trabajador con un catarro que se solucionaría en dos días tiene que pasar por el centro de salud solo para poder justificarlo en su trabajo. En algunos países, para estos casos creo existen las declaraciones responsables que realiza el propio trabajador.
No, es muy difícil. La parte comunitaria, con actividades como salir a dar charlas a colegios o asociaciones, requiere de un tiempo del que ahora no disponemos. Lo que hacemos es aprovechar la consulta para hacer educación sanitaria de forma individual y oportunista con el paciente que tenemos delante. En esto, como para otras muchas cosas, la enfermería es un pilar clave. Hace poco, participé en una actividad comunitaria relacionada con el tabaco con los residentes y me encantó, pero pude hacerlo porque ya disponía de tiempo. Durante la vida laboral, la sobrecarga lo hace casi imposible.
Hay que empezar por decir que la manera en la que viven nuestros hijos es completamente diferente a como lo hacíamos nosotros o nuestros padres. Y hay que tener en cuenta que la medicina familiar y comunitaria es una gran desconocida en las facultades, porque no se le da el valor suficiente. Los estudiantes no entran en contacto con ella hasta que vienen a hacer las prácticas a los centros de salud en quinto o sexto curso. Muchos se sorprenden de todo lo que hacemos y descubren una especialidad muy bonita. No es lo que se esperan, porque alguno todavía llega con la idea del sistema tradicional, en el que el paciente entra por la puerta, cuenta qué le pasa, se le entrega una receta y se va para su casa. La medicina de familia les gusta, porque poder ver al paciente en todo su entorno y a lo largo de su vida resulta muy gratificante. He leído una frase que me parece muy representativa: “en los hospitales, las enfermedades permanecen y los pacientes van y vienen; en Atención Primaria, son los pacientes los que permanecen mientras las enfermedades vienen y van”.
En la prensa leemos habitualmente que los MIR eligen algunas especialidades porque están pensando en el ejercicio privado. Aunque esto pueda ser algo a tener en cuenta, a mí me cuesta mucho creer que sea lo prioritario para una persona tan joven. Si fuera así, desde luego que la vocación se estaría resintiendo. Por otro lado, hay que tener en cuenta que se ofertan muchas más plazas de medicina familiar y comunitaria que de cualquier otra, y que hay residentes con buena posición en el MIR que la eligen. Se dice que son estos quienes sienten auténtica vocación por la especialidad, pero me resulta difícil pensar que el que opta por otras no sienta lo mismo. Puede que sea muy idealista o romántica, pero creer lo contrario me deprimiría. La dermatología o la cirugía plástica también gustan, pero se acaban pronto porque se ofertan en un número menor.
He sido tutora de residentes desde 1993, otra faceta de mi profesión que me ha entusiasmado —junto con la docencia a estudiantes, más reciente—, así que he estado con muchos. Me gusta trasladarles que la medicina de familia es una especialidad muy bonita y que, aunque ahora se vean sobrecargados, ellos son jóvenes y vivirán tiempos mejores. Sobre todo, cada uno debe luchar por la que cree que es su vocación, sea la que sea. Si te gusta algo, tienes que ir a por ello. Y, si te equivocas, seguro que habrá tiempo para rectificar de alguna manera. Yo probablemente hubiera sido internista si hubiera podido elegir, pero fui inmensamente feliz como médica de familia. Lo más bonito fue el contacto con los pacientes. Me llevé su cariño, su respeto y su gratitud, y esa es la mayor recompensa.