“Quedarse sin hogar no es difícil, pero cuando se llega a esa situación resulta muy complicado salir”

“En nuestros quince años de actividad, actualmente es, con diferencia, cuando atendemos a más personas que viven en la calle”

Sara Alvar (A Coruña, 1988) es un ejemplo de solidaridad y compromiso con los más desfavorecidos. Ejerce como médica de familia en el centro de salud de Malpica y preside la Asociación BoanoiTe, a través de la que ella y decenas de voluntarios más salen a la calle, desde hace quince años, para llevar esperanza a personas sin hogar con compañía, conversación y chocolate caliente. La entidad también gestiona el Hogar BoanoiTe, un recurso que facilita que personas en exclusión social encuentren estabilidad y apoyo emocional para avanzar en la recuperación de su autonomía. La doctora Alvar recibe a A Saúde de Galicia en las instalaciones del Hogar, frente al Atlántico, donde hablamos sobre la generosa labor que desarrolla, la situación de quienes viven en la calle y el estado de su especialidad, de la que se confiesa “enamorada”.

¿Qué le llevó a ser médica?

La mía fue una vocación tardía. Siempre me atrajeron las ciencias, pero no tenía claro a qué quería dedicarme. Cursé mis estudios primarios y medios en el colegio de las Franciscanas, y fue en bachillerato cuando sentí que la medicina me atraía mucho como medio para ayudar a los demás. Estudié en la Universidad de Santiago de Compostela porque soy una persona muy familiar y esa cercanía geográfica me permitía no desvincularme de mi entorno, al que regresaba todos los fines de semana. Completé la residencia en el centro de salud de Elviña y, después, trabajé en distintas localidades —especialmente de la Costa da Morte—. En 2019 conseguí plaza en Rianxo, donde ejercí durante dos años, y en 2021 me trasladé al centro de salud de Malpica, en el que continúo. Me desplazo todos los días en coche, porque nunca he dejado de residir en A Coruña.

¿Por qué eligió la especialidad de medicina familiar y comunitaria?

Me parece la más cercana al paciente. Es la que mantiene un mayor contacto, que se extiende más allá de la consulta. Conocemos su vida personal y familiar y su contexto. Tenía muy claro que quería ser médica de familia. Nunca me planteé otra cosa.

¿Qué le impulsó a ayudar a personas vulnerables?

Siempre he estado vinculada a la parroquia de los Franciscanos de A Coruña, donde nos juntamos un grupo de jóvenes que participábamos en sus actividades. En el verano de 2010 asistimos a una experiencia de voluntariado en Marruecos que organizó la parroquia colaborando con asociaciones locales. Yo estuve prácticamente todo el mes ayudando en una casa de los Franciscanos de la Cruz Blanca para personas con discapacidad, acompañando, dándoles de comer y prestando atención básica. Esa vivencia me marcó. Cuando regresamos, decidimos que teníamos que hacer algo para ayudar en nuestro entorno y que tuviera un impacto cercano. Empezamos colaborando con la Cocina Económica y, sobre todo, con la Real Institución Benéfico Social Padre Rubinos. Allí organizábamos un cinefórum y elaborábamos un periódico llamado La Voz del Refugio, en el que los residentes escribían historias, poemas o recetas y nosotros les ayudábamos a darles forma y a maquetarlo. Ahí emergió la sensibilidad hacia las personas que viven en la calle.

¿Cómo surgió BoanoiTe?

Con la llegada del invierno, se nos ocurrió desarrollar una iniciativa propia. Comenzamos a salir los viernes por la noche con una bebida caliente para acercarnos a los lugares en los que dormían las personas sin hogar. De esta manera ellos no tenían que desplazarse a un sitio para que les dieran café o chocolate, sino que nosotros se lo llevábamos y compartíamos tiempo con ellos. Así surgió BoanoiTe hace quince años.

¿Cuál es su objetivo?

El objetivo de las rutas de los viernes es el acompañamiento. Queremos conversar con ellos sobre cualquier cosa para tratar de reducir la soledad que sienten. A la vez, hacemos seguimiento y servimos como enlace entre esas personas y la red de ayuda que existe en la ciudad, pero la base es la compañía. Algunas personas pasan toda la semana solas sintiéndose poco visibles, por lo que tratamos de reparar esa situación.

¿Cómo se organizan?

Nuestro punto de encuentro es la parroquia de San Francisco de Asís los viernes a las nueve de la noche. Allí preparamos lo que vamos a llevar: chocolate —que ya es un clásico—, bocadillos, zumos, agua, dulces y, desde hace un tiempo, comida que preparan los alumnos de los grados de hostelería del CIFP Paseo de los Puentes. Después, nos dividimos en grupos para recorrer distintas zonas de la ciudad. Intentamos que los equipos estén formados por las mismas personas todas las semanas o, por lo menos, que siempre haya algún voluntario habitual en cada uno de ellos. Eso genera confianza y facilita el seguimiento de las necesidades de las personas a las que ayudamos. Al principio resultaba extraño acercarnos, pero ahora ya nos conocen y los viernes nos están esperando. Algunos no hablan mucho, otros todavía no saben español —así que nos entendemos utilizando el móvil como traductor— y con otros puedes estar conversando media hora. Depende de lo que les apetezca.

¿Cuántos voluntarios salen cada viernes?

El número varía, pero solemos estar entre 30 y 35. Normalmente hacemos cinco rutas, con grupos de otras tantas personas —tres como mínimo—. También hay voluntariado de estudiantes de Maristas, Franciscanas y Compañía de María. El requisito es ser mayor de 16 años. Aunque se diga lo contrario, los adolescentes se implican, pero necesitan saber en qué pueden hacerlo. Cualquiera que quiera acompañarnos puede ponerse en contacto con nosotros a través de nuestra página web.

¿Y a cuántas personas atienden?

Actualmente a unas 60, aunque a comienzos de verano hubo una época terrible en la que atendíamos a casi 90. No existen cifras oficiales del número de personas sin hogar, por lo que manejamos nuestros propios datos para seguimiento. Seguramente haya más que no vemos porque están en pisos ocupados, infraviviendas o sitios inaccesibles.

También realizan estas rutas en Santiago. ¿Cuándo comenzaron?

En 2014. Empezaron unas compañeras que estaban estudiando en Santiago y reunieron a más personas. En su caso, salen los martes y el grupo de voluntariado suele ser un poco más variable porque muchos son estudiantes. En Santiago, a finales del año pasado, atendían a unas 40 personas.

Al margen de esas salidas nocturnas, también cuentan con el Hogar BoanoiTe. ¿Cuál es su finalidad?

Después de tres años realizando nuestras rutas, nos planteamos contar con una casa en la que las personas que viven en la calle pudieran tener un hogar. El objetivo va más allá de ser un lugar en el que dormir y comer: se trata de hacer familia y que se sientan en su casa. Con esa idea alquilamos una vivienda en Mesoiro con fondos de Cáritas. Estaba prácticamente en ruinas, pero los voluntarios nos pasamos el verano retirando escombros, pintándola y arreglándola para que fuera una casa digna. Allí contábamos con cuatro habitaciones, y nos mantuvimos hasta que Padre Rubinos cambió de instalaciones. En ese momento surgió la oportunidad de trasladarnos a un espacio de su antigua sede, en Labañou, donde continuamos en la actualidad. Esto nos permitió ampliar las plazas a ocho, pero siempre manteniendo la idea de hogar, con salón y cocina comunes y habitaciones individuales.

¿Qué personas conviven en el Hogar?

Tienen que ser hombres mayores de edad. Al margen de eso, el único requisito es que sean aptos para una convivencia normal y no consuman sustancias, porque eso necesitaría otro tipo de tratamientos con los que nosotros no contamos. Normalmente vienen derivados de otras instituciones. El equipo valora el caso con la educadora social, hacemos una entrevista y, si todo encaja, se incorpora. Nuestra idea idílica inicial —propia de jóvenes inexpertos— era acoger directamente a personas que vivían en la calle, pero la realidad es que hay que seguir un proceso para tener éxito. Cada persona es un mundo con una problemática compleja sobre la que hay que trabajar. El Hogar es la última etapa de ese proceso, que comienza en la calle y culmina con una vida independiente.

¿Qué diferencia a este recurso de otros?

Las personas no tienen un plazo definido para estar con nosotros, al contrario de lo que ocurre en otros lugares —en los que, debido a la saturación, solo pueden permanecer quince días—. Aquí no hay límite, siempre que se cumplan las normas básicas de convivencia. El objetivo es que, cuando se vayan, lo hagan de manera autónoma, idealmente con trabajo e independencia. Ese sería un caso de éxito total. Si no es posible, buscamos que por lo menos tengan algún tipo de prestación o, en el caso de migrantes, documentación regularizada. Además, una diferencia fundamental es el papel del voluntariado, que es el que crea ese ambiente familiar. Por esa razón, las personas que se han ido siguen manteniendo el vínculo. Queremos que sientan que este es realmente su hogar, que estamos para ayudarles y que compartan las alegrías como si fuésemos familia.

¿Cuál es su percepción sobre el nivel de emergencia social en estos momentos?

Durante la pandemia hubo un descenso importante. El Ayuntamiento de A Coruña habilitó el Pabellón de los Deportes de Riazor para acoger a personas sin hogar y trabajó con ellos, por lo que muchos no regresaron a la calle. Tras la Covid-19 veíamos a poca gente, que sería lo ideal. Sin embargo, después se produjo un repunte. En nuestros quince años de actividad, actualmente es, con diferencia, cuando atendemos a más personas que viven en la calle. El pico se dio este verano.

¿A qué se debe ese incremento?

Creo que se trata de una suma de muchos factores. El precio de la cesta de la compra ha aumentado para todos, pero a aquellas personas que se encuentran al límite les supone un esfuerzo mucho mayor. Por otro lado, la situación de la vivienda es horrible. Si a cualquiera le resulta difícil encontrar un alquiler que pueda pagar, para alguien que a duras penas subsiste es complicadísimo. Hay habitaciones en estado deplorable por las que les cobran 300 o 400 euros, así que tienen que destinar toda su paga a ese gasto. De esta manera es muy difícil salir del bucle de la pobreza, porque si encuentras habitación probablemente no tengas suficiente dinero para comprar comida. Nunca se llega a ser totalmente independiente. Además, se ha incrementado la inmigración, aunque también hay otros factores. En mi percepción empírica he notado que ha aumentado mucho el consumo de drogas. Antes veíamos a más personas con problemas relacionados con el alcohol, pero era raro que hubiera adicción a muchas sustancias. Ahora ya no es tan difícil encontrar a policonsumidores. La situación en Santiago es similar, aunque no se llega a las cifras de A Coruña y la situación es más variable debido al Camino. El empeoramiento es general.

¿Cuál es el perfil de las personas que se encuentran viviendo en la calle?

No lo hay. Se ha diversificado mucho y es muy variable. Antes, la imagen de una persona sin hogar era la de un varón de mediana edad, generalmente con algún problema derivado del alcohol, desempleo de larga duración o separación. Ahora la mezcla es muy grande. Hay personas mucho más jóvenes, más policonsumo, más problemas de salud mental, más mujeres y más migrantes.

¿Es fácil pasar de la inclusión a la exclusión social?

Sí, y más en estos momentos. Pensamos que vivir en la calle nos queda lejos, pero muchas personas tienen historias que pueden ser perfectamente la de cualquiera de nosotros. Hay quien, por ejemplo, perdió su trabajo coincidiendo con una separación. Quedarse sin hogar no es difícil: puede ser una cuestión de mala suerte o de tomar malas decisiones. Sin embargo, una vez que se llega a esa situación resulta muy complicado salir por las dificultades para encontrar un trabajo digno.

¿En el Hogar les ayudan a encontrar empleo?

Sí. Al ser pocos, intentamos crear un itinerario personalizado para cada uno. La situación de cada persona es diferente: puede que necesite más formación, mejorar su español o tramitar documentación. Nosotros estamos para guiar y ayudarles a encontrar su camino.

Imagino que en estos quince años habrá sido testigo de situaciones difíciles.

Recuerdo a una pareja que, durante un día de lluvia terrible estaban en la esquina de un soportal empapados de arriba abajo. Verlos tan mojados y desprotegidos me impresionó. Hicimos lo mínimo que podíamos hacer, llevarles unos sacos secos, y lo agradecieron muchísimo. En general, cuando se piensa en personas sin hogar, a la sociedad le suele sensibilizar más el frío, pero en realidad la lluvia es mucho peor. También he visto personas inyectándose heroína en la calle. Impacta.

¿Qué siente cuando consiguen terminar con la situación de exclusión de alguien?

Es un privilegio haber formado parte del proceso y haber compartido esa parte importante de su vida, tras la que consiguieron salir adelante. Volver a verlos cuando son autónomos —durante las celebraciones del cumpleaños del Hogar o en el día de Reyes, cuando entregamos un regalo a usuarios y exusuarios— te hace pensar que el esfuerzo ha merecido la pena. Porque la realidad es que hay momentos en los que te planteas si lo que haces tiene sentido. El Hogar es una oportunidad, pero hay personas que no la aprovechan como a nosotros nos gustaría.

¿Existen suficientes recursos para atender a estas personas?

A Coruña siempre ha sido una ciudad muy solidaria, solo hay que pensar en la Cocina Económica, Padre Rubinos y la gran cantidad de asociaciones que existen. Hay una enorme red de apoyo, pero está saturada. Cuando asistimos a las reuniones de coordinación entre las diferentes instituciones, todos decimos lo mismo: no tenemos sitio.

Insiste mucho en la necesidad de hacer visibles a quienes viven en la calle. ¿Por qué cree que la sociedad mira hacia otro lado ante su situación?

Porque resulta más cómodo y no duele. A esto se suma, muchas veces, el desconocimiento y los estigmas que soportan las personas sin hogar. Esto genera un rechazo injusto hacia ellos. Es tarea nuestra hacerlos visibles y quitarles esas etiquetas, que no son reales. Se trata de personas normales. Como ocurre siempre, algunas son maravillosas y otras no lo son tanto, pero no somos nadie para juzgar. Por eso es tan importante que nos acompañen en nuestras rutas personas que nunca lo han hecho. En una sola noche, eliminan todas las ideas preconcebidas que traían. Entre esas etiquetas falsas está la que dice que viven en la calle porque quieren. Nadie quiere dormir a la intemperie. Cosa distinta es que las circunstancias les hagan “preferir” esa situación frente a estar quince días en el albergue y tener que regresar a la calle arriesgándose a perder el sitio que ocupaban habitualmente.

¿Cuál es la situación de estas personas en términos de seguridad? Cada vez son más habituales casos de humillaciones y agresiones hacia ellas.

En A Coruña no conozco ningún caso, aunque seguro que los hay. No sé qué pasa por la cabeza de quien hace este tipo de cosas. Quienes no tienen hogar suelen intentar juntarse en grupo —aunque hay personas solitarias— por compañía y seguridad. Las que se sienten más inseguras son las mujeres, que también tienen más problemas relacionados con la higiene. La situación de la mujer en la calle es mucho más dura y cuentan con menos recursos porque su número es menor.

Al margen de BoanoiTe y el Hogar, ¿qué otros proyectos están desarrollando?

Dentro del Hogar tenemos BoasTics y BoasemenTe. El primero es un taller de digitalización con el que aprenden a elaborar un currículum, enviar correos electrónicos o manejar una hoja de cálculo, habilidades fundamentales para el ámbito laboral. BoasemenTe es un huerto urbano en el que tenemos cultivos sencillos —como tomates, pimientos o lechugas—, y también contamos con un taller de carpintería en el que, con un modelo de economía circular, utilizan madera reciclada de palés para crear objetos nuevos o restauran muebles. Por otro lado está BoaTarde, un proyecto creado por los padres de la parroquia en colaboración con Cáritas. A través de él, grupos de voluntarios visitan a personas con problemas de movilidad o a mayores que están solos para llevarles alimentos, ofrecerles compañía y hacer seguimiento. Los visitan una vez al mes, y siempre lo hacen los mismos voluntarios, que son un referente para cualquier otra cosa que puedan necesitar. Siempre están pendientes de esas familias.

En el terreno profesional, ¿cuál es su opinión sobre la situación de la atención primaria?

Yo soy una enamorada de la medicina familiar y comunitaria, pero cualquiera que trabaje en un centro de salud sabe que la atención primaria está saturada. Todos nos quejamos de lo mismo: agendas elásticas como un chicle, retrasos en el hospital que nos repercuten —porque los pacientes vienen a quejarse—, una gran cantidad de papeleo absurdo y sobredemanda que no debería llegar a nosotros. El médico de familia es el primero que lidia con todo esto. Nuestra especialidad es la más cercana al paciente y la más bonita, pero también la que más nota cuando algo falla. En mi caso, en Malpica, atiendo a una población muy mayor que requiere más atención, más tiempo y más visitas a domicilio. Solo con que pudiésemos eliminar la parte burocrática habríamos ganado mucho. No comprendo muy bien para qué necesitamos que un médico cubra justificantes de ausencia por un catarro para que un empleado lo presente a su empresa. Tampoco que tengamos que elaborar informes que carecen de sentido. A los médicos de familia se nos encargan muchas de estas cosas, que restan tiempo que podríamos dedicar a los pacientes.

¿Faltan vocaciones en medicina familiar y comunitaria?

Por un lado, los nuevos médicos ven lo que se les viene encima en atención primaria por la situación en la que se encuentra. Por otro, toda la docencia en la carrera está enfocada hacia el hospital. Durante la licenciatura yo no roté por ningún centro de salud, ni había una asignatura de medicina familiar y comunitaria. Es imposible que te guste algo si no lo conoces ni sabes qué se hace en la especialidad. Ahora sí llegan alumnos a los centros de salud, pero hasta ese momento desconocen que asistimos en domicilios, que realizamos cirugías menores, que tenemos labores de medicina preventiva o que nos encargamos de la parte comunitaria de la salud. Esto último, realmente, no podemos hacerlo porque carecemos de tiempo, pero es muy importante. No nos acordamos de esa labor, pero nuestra especialidad debería estar más centrada en prevenir y menos en curar. Creo que es necesario un mayor conocimiento sobre nuestro trabajo, incluso dentro del propio colectivo médico. En los hospitales hay mucho desconocimiento sobre lo que hacemos en atención primaria, que es mucho.