

La sala de exposiciones de nuestro Colegio acogió, entre el 5 y el 27 de abril, una exposición del artista coruñés José Antonio Ozores Souto. En ella, el autor reunió 25 obras, entre las que se encontraban retablos, fotografías analógicas y piezas de pintura fotoquímica y de pintura sobre fotografía —para las que utiliza una técnica personal única—.
Una parte muy importante de la exposición se centró “en la expresión de mis sentimientos sobre la censura en las artes plásticas, como la que sufrió el famoso fotógrafo estadounidense Mapplethorpe, uno de los más importantes del siglo XX, cuando las autoridades de Cincinnati cerraron su exposición en el Centro de Arte Contemporánea de la ciudad en 1990. Acusaban a su obra de pornográfica por mostrar desnudos de hombres negros, algo que no tiene ningún sentido”. En lugar de contarlo por palabras —José Antonio Ozores también es escritor—, “creo que resulta mucho más explícito hacerlo a través del lenguaje pictórico”, explica.
En cada uno de los cuatro retablos dedicados a Mapplethorpe, José Antonio Ozores mezcla imágenes tomadas por el fotógrafo norteamericano con diferentes objetos —como tenazas o porras— y reproducciones de grabados de Goya. En los títulos de todos los retablos “aparecen diversos personajes que representan a los mensajeros del poder censor, como el sheriff Simon Leis o el senador Jesse Helms” y también referencias al Santo Oficio.
Además, el autor llevó al Colegio una muestra de sus obras realizadas mediante procedimientos originales que él mismo ha desarrollado. Un ejemplo son las fotografías retocadas con pintura para obtener el efecto artístico deseado, en las que los protagonistas son niños —en su mayoría, desconocidos para él—. También la pintura fotoquímica que, como se explicaba en la exposición, es una técnica consistente “en manipular mecánicamente ciertas sustancias con un pincel para producir color sobre papel fotográfico previamente excitado por la luz como soporte. El color negro nace por la acción del líquido revelador al pintar sobre ese papel, y sus distintos tonos se consiguen mediante una mayor o menor exposición del soporte a la luz, la temperatura del revelador y las características tonales del papel empleado”. El blanco, por su parte, “es el resultado de una reserva hecha, a voluntad, del fondo del soporte, de forma análoga a la que se emplea al pintar a acuarela”. José Antonio Ozores define este trabajo “como una carrera para acabar la obra antes de que todo se convierta en negro. Hay que hacerlo a toda velocidad, por lo que el resultado final tiene muy poco de consciente. Eso es lo más importante en el arte”, explica. Con estas obras, el artista pretende jugar con el espectador para conducirlo al concepto que pretende significar: “una reflexión sobre el ser y el tiempo”.
El autor lleva con orgullo su pedigrí coruñés —de la Ciudad Vieja, para ser más exactos—, aunque ha vivido y trabajado en muchos otros lugares a lo largo de su vida, desde Alemania a Granada, pasando por Tenerife y, actualmente, Lugo. Su interés por el arte le viene de familia, de la que forman parte reconocidos pintores, como sus tíos, Arturo Souto y Jaime Ozores Marquina, o su abuelo materno, “que era un pintor estupendo, además de magistrado del Tribunal Supremo”, asegura.
