Un médico que buscó hacer el bien hasta el final

José Pedrouzo Bardelas falleció repentinamente el pasado 12 de junio, a los 74 años, mientras circulaba con su coche. El doctor Pedrouzo, querido y respetado por compañeros y pacientes, nos dejó a menos de 48 horas de la celebración del XVII Encuentro Médico, en el que nuestra institución tenía previsto entregarle su mayor distinción, la Medalla de Oro y Brillantes, en reconocimiento a una excelente trayectoria profesional y dedicada al servicio a los demás.

La noticia de su fallecimiento dejó en shock a Ferrol, donde llevó a cabo la mayor parte de su ejercicio profesional y donde sirvió a sus vecinos como concejal entre 2015 y 2019. La Junta Directiva del Colegio, pocas horas después de conocer la trágica noticia, se reunió de urgencia y decidió aplazar el Encuentro Médico, que finalmente tendrá lugar el 15 de noviembre en la ciudad departamental.

José Pedrouzo era un hombre de principios sólidos que trató de hacer el bien hasta sus últimos momentos: antes de fallecer, mientras conducía por la autopista, reunió las fuerzas suficientes para sacar su coche de la calzada y detenerse en el arcén, evitando un posible accidente que pudiera afectar a otras personas.

Su historia personal está marcada por el talento, el mérito y, sobre todo, el esfuerzo. Nació en 1951 en Pazo de Coiras, una minúscula aldea del municipio de Piñor, en Ourense, que hoy apenas cuenta con tres habitantes. Su infancia transcurrió en el seno de una familia muy humilde, sin luz eléctrica, agua corriente ni carreteras. Sus padres eran analfabetos, y la familia vivía de lo que daba el campo y las pocas vacas, ovejas y cerdos que tenían en casa. En su última entrevista —realizada pocas semanas antes de fallecer y publicada en el número 78 de A Saúde de Galicia—, recordaba las estrecheces vividas en aquella Galicia rural de mediados del siglo pasado: “dormía en una cama hecha con tablas, un colchón de hojas de maíz y sábanas muy ásperas de lino tejido en casa. En invierno, el frío era inmenso y el aislamiento casi total. La nieve podía llegar a bloquearnos durante quince días”.

Fue un joven maestro interino de primaria, Luis Rodríguez Cid, quien vio el potencial de aquel niño de memoria prodigiosa y convenció a su padre para que le permitiera continuar su formación académica. El doctor Pedrouzo completó su brillante trayectoria académica con la ayuda de becas públicas. Primero, en el Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ourense y, después, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela. Su expediente fue ejemplar: terminó la carrera en cinco años en lugar de seis, con diez matrículas de honor y múltiples sobresalientes, sin suspender jamás un examen. Allí conoció a algunos de los maestros que más influyeron en su trayectoria, como los profesores José Peña Guitián y Luis Concheiro Carro, también Medallas de Oro y Brillantes del Colegio.

Al término de su paso por la universidad compostelana fue nombrado forense interino de un juzgado de Santiago. Tras realizar el servicio militar obligatorio, se presentó al examen MIR en Málaga y realizó la residencia en el Hospital General de la capital gallega. Más tarde, obtuvo por oposición una plaza en Noia del Cuerpo Nacional de Médicos Forenses, aprobó el curso de médico de empresa en el Instituto de Higiene y Seguridad en el Trabajo de Rande, completó los cursillos de doctorado y se trasladó a Ferrol para trabajar en Atención Primaria. Allí ingresó en la antigua Bazán y realizó guardias en el Servicio de Medicina Interna del hospital público y en el centro privado San Javier, a la vez que obtuvo por oposición una plaza de médico de Asistencia Pública Domiciliaria en Toledo, a donde acudió para tomar posesión y pedir, inmediatamente, la excedencia voluntaria para seguir trabajando en la capital ferrolana.

Como facultativo de Bazán —la actual Navantia— fue un adelantado en el diagnóstico de la asbestosis, que afectó a cientos de trabajadores de los astilleros. Donde otros veían secuelas de antiguas tuberculosis, él comenzó a diagnosticar sin ayuda los casos de exposición al amianto. Para confirmar sus hallazgos se apoyó en el Instituto Nacional de Silicosis de Oviedo, que ratificó el 99% de sus diagnósticos. La labor que desempeñó dio comienzo a un proceso que terminó convirtiendo el amianto en un asunto de Estado hasta prohibir su utilización. Fue un médico de empresa muy querido que supo ganarse el respeto tanto de la dirección como de los sindicatos y el cariño de los empleados, que veían en él a uno de los suyos.

Su otra gran contribución fue en el centro de salud de Serantes, donde llegó a ser jefe de Servicio. Allí ejerció como un pionero del nuevo modelo de Atención Primaria. Junto a su equipo, implantó programas innovadores de atención a pacientes crónicos, cirugía menor y educación sanitaria, y promovió la creación de la Unidad Docente de Medicina Familiar y Comunitaria de Ferrol junto a Luciano Vidán y Ramón Veras Castro. Se convirtió en maestro de médicos, cuya formación fue una de sus mayores satisfacciones profesionales.

El doctor Pedrouzo poseía una concepción integral y profundamente humana del acto médico. Defendía que, para ser un buen profesional, “lo primero es mirar a la cara al paciente. Solo con eso, se pueden descubrir muchas enfermedades. En segundo lugar, hay que escucharlos de forma empática. Esto lleva tiempo, pero es muy importante porque nos dice no solo qué les pasa, sino también cómo se sienten».

El compromiso permanente que demostró hacia los demás le llevó a servir como concejal en el Ayuntamiento de Ferrol al jubilarse —no lo hizo antes porque “nunca quise mezclar el ejercicio de una profesión tan importante como la medicina con la política”, aseguraba—. Como miembro de la corporación municipal vivió “una experiencia totalmente nueva y aprendí muchas cosas de un mundo que desconocía. Resultó bonito”. En el Ayuntamiento, fiel a su talante, mantuvo una relación fluida con todos los grupos políticos.

«Era un hombre culto e ilustrado. Un devorador de libros apasionado por la historia que dedicó sus últimos años a viajar para conocer otras culturas»

Su figura ejemplar en la esfera profesional se complementaba con la de un hombre culto e ilustrado en la personal. Era un devorador de libros, y convirtió su casa en un templo del conocimiento. En ella —además de múltiples obsequios que le hicieron llegar sus pacientes y que mostraba con orgullo y profundo cariño— contaba con una magnífica biblioteca compuesta por cientos de obras, en cuyas estanterías se mezclaban importantes tratados sobre medicina con innumerables libros sobre historia, otra de sus grandes pasiones. Disfrutaba especialmente leyendo sobre los hechos que transformaron España en los siglos XIX y XX.

Después de su jubilación y de su paso por la política municipal, el doctor Pedrouzo dedicó los últimos años de su vida a conocer el mundo. Se convirtió en un viajero infatigable que visitó Rusia, India, numerosos países de Iberoamérica, Jordania, Israel, China y Japón, además de las principales capitales europeas. No era un turista más que se limitara a participar en los paquetes turísticos que masifican y degradan los destinos. A José Pedrouzo le gustaba sumergirse en la cultura local de los lugares que visitaba para ahondar en los contrastes entre los diferentes países.

Nos ha dejado un médico de profunda vocación y extraordinaria generosidad que siempre puso el bienestar de sus pacientes por delante del suyo propio. Un hombre bueno, sencillo y humilde. Un profesional que se desvivió por ayudar a los demás, lo que le hizo merecedor del cariño de quienes lo conocían, como demuestra el gran número de familiares, amigos y compañeros que habían confirmado su asistencia para arroparle en el acto de entrega de la Medalla de Oro y Brillantes colegial. En el discurso que tenía preparado para pronunciar después de la imposición del galardón, el doctor Pedrouzo plasmó para siempre su agradecimiento al Colegio, a su familia y a sus pacientes, a cuya confianza “debo todo lo que he aprendido”. Con la perspectiva que dan cuarenta años de trayectoria profesional, concluía, “no veo solo turnos, informes o diagnósticos. Veo nombres, rostros, historias. Y me doy cuenta de que, aunque ya no pase consulta, nunca dejaré de ser médico. Porque esta vocación no se jubila. Acompaña. Permanece. Teje nuestra vida”.

Descanse en paz.