“Los niños son los mejores pacientes”

“Un buen profesional debe estar bien formado teóricamente, pero no basta con ser un gran técnico. Se necesita formación humanista y en bioética”

Cecilia Vecillas

Cecilia Vecillas Sevilla (Vecilla de la Vega, León, 1950), es la nueva Medalla de Oro y Brillantes de nuestra institución, la máxima distinción colegial. La Junta Directiva aprobó la concesión por unanimidad, a propuesta ―también unánime― de la Comisión de Honores y Premios. La doctora Vecillas, que ejerció durante más de tres décadas como pediatra en Oleiros, es un ejemplo de principios, calidez humana y calidad profesional. Aunque se jubiló en 2015, sigue recibiendo el cariño y el aprecio de quienes fueron sus pacientes. Firme defensora de la sanidad pública, su compromiso con la justicia social le ha llevado también a participar en proyectos de cooperación internacional en varios países de Latinoamérica.

¿Cómo se siente tras la concesión de la Medalla de Oro y Brillantes por parte de sus compañeros de profesión?

Me siento muy agradecida, aunque creo que no soy merecedora de este reconocimiento. Cuando el presidente del Colegio me comunicó la noticia me puse muy nerviosa y prácticamente no dormí esa noche. Es un orgullo, pero me pregunto por qué me tienen tan valorada. Yo solamente cumplí con mis obligaciones.

¿Cuáles son sus orígenes?

Provengo de una familia de labradores en una época en la que el campo no estaba mecanizado, por lo que se trabajaba de sol a sol. Yo soy la tercera de ocho hermanos y, pese a la falta de medios, nuestros padres siempre nos inculcaron la importancia de estudiar.

¿Dónde se formó?

Cursé el bachiller elemental en Celanova, y el superior en el instituto Otero Pedrayo de Ourense, donde también completé el curso preuniversitario. Después, me licencié en Medicina en la Universidad de Oviedo. Pertenezco a la primera promoción. Hice el rotatorio en A Coruña, donde pasé por todos los servicios principales del hospital ―en aquella época no pasábamos por atención primaria―, y luego tuve que elegir entre quedarme aquí para especializarme en pediatría o ir a Oviedo para hacerlo en neurología. Todavía no existía el examen MIR, que se implantó un año más tarde, así que la prioridad la determinaba el expediente. Evidentemente, elegí pediatría. Pasé parte del último de los tres años de especialidad en cardiología infantil, aunque en ese momento todavía no estaban reconocidas las especialidades pediátricas.

¿Por qué eligió pediatría?

Neurología me gustaba desde el punto de vista teórico, pero los resultados de los tratamientos en los pacientes no eran tan buenos porque no existía la formación y la tecnología con la que contamos hoy en día. Me resultaba más deprimente. Yo viví lo difícil que es gestionar este tipo de patologías con mi padre, que sufrió una enfermedad neurológica degenerativa que debutó poco después de que yo naciera. Además, un jefe de sección de pediatría me recomendó que hiciese esta especialidad. Todo ello, unido al hecho de que no quería volver a Oviedo porque Galicia me gustaba más, hizo que me decantara por pediatría.

¿Qué recuerdos guarda de su familia y de su entorno social en aquella España de mediados del siglo pasado?

Crecí en un pueblo muy pequeño donde se vivía en comunidad. Nos ayudábamos unos a otros porque, además, la endogamia hacía que prácticamente todos estuviésemos emparentados. Mi padre recibió mucho de ese apoyo cuando enfermó. Aunque se trabajaba mucho, también se celebraban numerosas fiestas en las que todo el mundo se reunía y se mantenían relaciones muy estrechas. Esto fue algo que volví a ver en países de Hispanoamérica durante mi labor como cooperante. En España nos hemos vuelto más individualistas. En aquella época se notaba una mayor solidaridad. Por ejemplo, una prima enfermera enseñó a mi madre y a mi tía a poner inyecciones, y cuando alguien del pueblo necesitaba un pinchazo, ellas lo hacían sin cobrar nada.

¿Quiénes fueron sus referentes?

En primer lugar, mis padres, que me educaron desde mi más tierna infancia en valores cristianos. También mis tíos y otros miembros de la comunidad. En el colegio tuve una maestra que me marcó y, ya en el instituto de Ourense, dos profesores magníficos: Patrocinio Armesto, que enseñaba ciencias naturales y biología, y, en lo humano, Xesús Ferro Couselo, que era historiador pero me dio clase de filosofía. A este último llegaron a dedicarle el Día das Letras Galegas.

¿Por qué decidió estudiar Medicina?

Me molestaba mucho que no existiera igualdad de oportunidades para todos y que la medicina en el pueblo estuviera abandonada. Solo contábamos con un médico del ayuntamiento que hacía lo que podía, pero cuando se trataba de algo grave los pacientes tenían que recurrir al ámbito privado. Me pareció que la medicina era una forma de atender mis inquietudes relacionadas con la justicia social. Además, me gustaban mucho las ciencias naturales y la biología, y un profesor del instituto me encaminó hacia la carrera.

¿Cómo fueron sus comienzos profesionales?

Empecé en Ponteareas en 1980, encargándome de 24 parroquias. Yo tenía que estar localizada las 24 horas del día, pero el ambulatorio cerraba a las tres de la tarde, así que después consultaba en mi piso. Recuerdo que, una vez, tuve que hacerlo con 61 niños. Cuando llegó la hora de cierre del ambulatorio, fuimos en fila india a mi casa con los que no me había dado tiempo a atender durante la mañana. Al principio no me quería turnar con los médicos generales porque no me sentía capacitada, pero llegó un momento en el que tuve que hacerlo ―aunque solo los fines de semana― porque estar sin descanso permanentemente, salvo por el mes de vacaciones, era un sinvivir.

¿Cuánto tiempo permaneció allí?

Solamente un año, gracias a Dios. Cuando me enteré de que quedaba una plaza vacante en Oleiros, no me lo pensé dos veces. Llegué en septiembre de 1981.

Y allí ejercería hasta su jubilación.

Sí, aunque la falta de medios con los que contábamos inicialmente hizo que también intentara obtener una plaza en un centro de salud de A Coruña para trabajar en equipo y dar docencia. Tras la aprobación de la reforma sanitaria pensé que estaría mejor allí, pero me denegaron la solicitud ―aunque yo creo que merecía haber sido aprobada―. Más tarde, cuando se hizo el centro de salud en Oleiros, ya no quise cambiarme.

¿Qué se encontró en Oleiros en el momento de su llegada?

Una consulta muy poco dotada que tuve que equipar yo y que compartía con otro facultativo, el doctor Balboa, por lo que disponía de muy poco tiempo. Era imposible atender a todos los pacientes, así que solicité un cuchitril sin ventanas ni lavabo para poder pasar consulta. Yo misma me encargaba de lavar las sabanillas y compraba la medicación de urgencia. También corrió de mi cuenta la adquisición del pesabebés y la camilla, además de otro equipamiento que necesitaba, como el otoscopio. Se encontraba justo a la entrada del municipio, en el Puente del Pasaje ―con el consiguiente peligro para las madres, que tenían que atravesar la carretera con los carritos de los niños―. Al principio tenía que estar localizable las 24 horas del día, pero después se implantó un sistema de urgencias, por lo que solo atendía hasta las cinco de la tarde. También hacía visitas domiciliarias, así que, aunque no me gusta conducir, tuve que comprar un coche para no arruinarme pagando taxis. Hay que decir que, a pesar de las condiciones, el nivel sanitario era mucho mejor que en otros puntos de la Galicia rural. Oleiros está muy cerca del hospital y de una ciudad grande, una situación muy diferente a la de ciertas aldeas perdidas próximas a la frontera con Portugal.

¿Cómo fue evolucionando?

La situación fue mejorando poco a poco. Después de un año, aproximadamente, construyeron en la misma ubicación unos cubículos más amplios y en los que, por lo menos, ya contábamos con lavabo y se ofrecía cierta intimidad. También llegaron, primero, una auxiliar y, más tarde, una enfermera y una matrona, lo que permitió que la atención mejorara mucho. Esa relajación de la carga de trabajo fue un alivio para mí, porque estaba pasando por un mal momento personal: en tres meses había perdido a un hermano de 29 años y a mi madre, que falleció a causa de un cáncer de ovario. En aquellos cubículos se hicieron divisiones para las consultas. En una estaba el médico general; en otra, la matrona; y en otra, yo.

Y después se construyó el centro de salud de Perillo, donde ejerció el resto de su vida profesional. ¿Cuándo fue?

Yo siempre protestaba para que lo construyeran, pero se hizo muy tarde. Fue a comienzos de la década de 1990. Ahora, sin embargo, hay dos más ―los de Santa Cruz y A Covada― debido a que ha aumentado mucho la población.

¿Qué patologías eran comunes en los niños cuando usted comenzó a ejercer?

La pediatría que viví en mis primeros años no tiene nada que ver con la actual. Ahora contamos con muchas medidas de prevención, como las vacunas. También fueron muy importantes en su momento una adecuada recogida de excretas y la cloración del agua, porque antes se acudía mucho a manantiales y fuentes que carecían de los controles adecuados. Eso daba lugar a muchas diarreas y deshidrataciones, que suponían causas muy importantes de mortalidad infantil. Se vivió lo mismo en Hispanoamérica, donde, de hecho, a la solución de rehidratación oral la llaman “la salvadora”. Además, había infecciones por Haemophilus influenzae de tipo B encapsulado, que producía sepsis y meningitis ―generalmente en lactantes― y otras formas invasivas que se presentan más tarde ―normalmente por debajo de los cinco años―. Sin embargo, la incidencia bajó de manera radical tras la vacuna conjugada en niños menores de cinco años. Al poco tiempo de mi llegada a Oleiros también viví una epidemia de sarampión. Los cambios han sido enormes. En su momento, vi muchos síndromes en cardiología infantil, de los que hoy en día muchos no llegan a término porque se lleva a cabo un aborto terapéutico. También había muchas encelopatías, por ejemplo. 

¿Qué le parece que esté ganando popularidad un movimiento contrario a la vacunación?

Por fortuna, yo solo tuve que lidiar con una o dos madres que se opusieran a las vacunas. En algunos casos, por mucho que intenté convencerlas para que inmunizasen a sus hijos, no lo conseguí. Insisto: las vacunas son, junto con la cloración del agua, la recogida de las excretas, los antibióticos, la mejor atención al embarazo y al parto y la mejor asistencia en las unidades de Neonatología, una de las razones fundamentales por las que la mortalidad infantil se ha reducido tanto. En 1960 se situaba en el 37 ‰. En 2020, la tasa era del 2,6 ‰. Actualmente, la neumonía es la principal causa de mortalidad, pero tenemos vacunas conjugadas contra la primera causa bacteriana ―el neumococo― y la segunda ―el Haemophilus influenzae―. Sin embargo, en España tenemos que lidiar con tonterías contra la vacunación mientras en otros países no pueden disfrutar de sus beneficios. A pesar de ello, la Organización Mundial de la Salud y su filial en Latinoamérica, la Organización Panamericana de la Salud, están consiguiendo grandes mejoras y se implican a fondo en los programas de vacunación. Probablemente todavía no tienen en su calendario vacunal algunas que se ponen aquí, porque los gobiernos son los que las compran y tendrán que priorizar y poner las que son más necesarias. También hay que recordar campañas como la que se puso en marcha aquí en la década de los sesenta con la vacunación contra la poliomielitis, impulsada por José Manuel Romay Beccaría, que tuvo unos resultados espectaculares. Al margen de las vacunas, otras medida preventiva importante sería luchar contra la desnutrición.

¿Qué cualidades debe poseer un buen médico?

Un buen profesional debe estar muy bien formado desde el punto de vista teórico y tener conocimientos tecnológicos, pero no basta con ser un gran técnico. Se necesita una formación humanista y en bioética, además de conocer a la población con la que se trabaja y ejercer en la comunidad. En este sentido, yo tuve la suerte de llegar a un municipio que cuidaba mucho el entorno y que fomentaba la educación sanitaria en los colegios y otros centros públicos.

Su calidad humana y su vocación por el cuidado de los demás hizo que sus pacientes y el Ayuntamiento de Oleiros organizaran un acto de homenaje con motivo de su jubilación. ¿Cómo se sintió?

Fue precioso. Participaron muchos niños ―y otros que ya no eran tan niños― a los que atendí. Me entregaron un álbum con cartas, dibujos y fotografías que tengo guardado como oro en paño. Cuando voy por la calle muchos de ellos todavía me saludan, algo que siempre me hace mucha ilusión.

Quienes la conocen aseguran que pasaba mucho tiempo en consulta con sus pacientes. No se limitaba a firmar una receta y hacer pasar al siguiente, sino que los acompañaba. ¿Cómo entiende la relación médico-paciente? ¿Se está deteriorando?

Yo creo que las nuevas generaciones de médicos están mucho mejor preparadas de lo que lo estábamos nosotros al terminar la carrera, y con respecto a la implicación desde el punto de vista humano hay de todo, como en botica. Algunos lo están más y otros menos. Es cierto que muchos dicen que el médico pasa más tiempo mirando al ordenador que al paciente, pero también es necesario tener en cuenta que hay que cubrir muchos datos en la historia clínica electrónica, por lo que hay que dedicar una gran cantidad de tiempo a esta tarea. No creo que sean más técnicos, sino que, más bien, influye la burocracia y la demanda asistencial. Yo pude dedicar más tiempo a la profesión porque no tenía familia, pero en otros casos es más difícil.

¿Sacrificó su vida personal en favor de la profesional?

Un poco, sí.

Esa dedicación a los demás también le llevó a participar como voluntaria en proyectos de cooperación internacional. ¿Qué le impulsó a ello?

Desde mi etapa como estudiante de Medicina siempre quise ir a ayudar a personas de países subdesarrollados. Era algo que llevé dentro siempre, aunque tardé en poder hacerlo porque necesitaba formarme adecuadamente, pero el acceso a la información no era tan rápido y sencillo como hoy en día. Me sentía mal, porque quería ir pero nunca terminaba de hacerlo.

¿En qué lugares estuvo?

Participé en siete proyectos de la mano de la ONG Solidariedade Galega. Comencé a mediados de los 2000 y el último fue en 2016. La primera vez estuve en Puerto Maldonado, en la selva amazónica peruana, donde había un pequeño hospital. El segundo año regresé al mismo lugar, aunque en esa ocasión también visitamos a las comunidades indígenas. Al año siguiente volví a Perú, pero esta vez estuve en Huancavelica ―a más de 3.600 metros de altitud y después de atravesar la cordillera de los Andes― y a Quillabamba, muy cerca de Vilcabamba, el último reducto de los incas. En otra ocasión fui a Lempira, una de las zonas más desfavorecidas de Honduras. También estuve dos veces en Nicaragua: primero en Ocotal y, después, en Somoto. La última vez, ya jubilada, estuve en Chiapas, México.

¿En qué consistía su labor allí?

Teníamos una doble vertiente. Participábamos tanto en atención a la población como en la formación de los profesionales sanitarios de los centros de salud y de los hospitales mediante sesiones clínicas. Estábamos allí solamente un mes, así que mi labor tampoco servía de mucho. Diagnosticaba alguna patología, pero poco podía contribuir a que la situación cambiara. Sin embargo, los que sí hacían un trabajo encomiable eran todos aquellos médicos que tenían una parte quirúrgica, mucho más resolutivos. Operaban a destajo y solucionaban graves problemas, como niños con labio leporino, hendidura palatina o pies zambos, lo que les impedía caminar. Por otro lado, hay que decir que los profesionales locales están preparados y se implican mucho, a pesar de la falta de medios. En los centros de salud te encontrabas protocolos escritos a mano, y salían a la calle con pancartas para realizar labores de educación sanitaria. Además, en algunos países ―como México― les obligaban a irse a una zona desfavorecida a hacer trabajo social durante el primer año después de haber terminado la carrera.

¿Qué sentía al ayudar a esas personas?

Eran muy agradecidos y cariñosos. Yo me sentía bien haciéndolo, y estar en esos lugares me ayudó a darme cuenta de que no valoraba lo suficiente todo lo que teníamos aquí. Es descorazonador ver que, en países de baja renta, un tercio de los niños menores de cinco años se mueren debido a la desnutrición. También me llega al alma el incremento de la pobreza en España, con el 28 % de los niños viviendo bajo ese umbral ―lo que creo que supone el mayor porcentaje de toda Europa―. Aquí, sin embargo, la necesidad no produce desnutrición, sino obesidad, porque lo más barato es la comida basura. También me siento obligada a decir que la situación actual en Gaza es intolerable, con miles de niños muertos por los bombardeos y enfermos debido a la falta de acceso a agua potable, alimentos o medicamentos.

¿Ha presenciado algún caso que le haya marcado especialmente?

Sí, recuerdo uno en una comunidad indígena próxima a Boca Colorado, en Perú, donde la población vivía en chozas con unas condiciones que no eran las mejores. De allí trajeron a una niña de siete años con una epidermolisis no diagnosticada que provocaba que se le despellejara toda la piel, con pus desde la cabeza a los pies. Al intentar auscultarla, el fonendoscopio se quedaba pegado al pus. La pequeña también se había quedado ciega debido a la afectación de esa patología en los ojos. Lloraba continuamente, pero sus padres creían que se trataba de una maldición y se negaban a que la viera un médico en el centro de salud, a que se le hicieran las curas in situ y a derivarla. La tenían encerrada siempre en la choza. Ese fue el peor caso que vi, pero conseguimos que accedieran a hacerle curas y a llevarla a Lima para que estudiaran su caso.

¿Cuál es su diagnóstico sobre el sistema sanitario en Galicia y en España?

Comparado con lo que yo viví está muy bien, especialmente después de la aprobación de la Ley General de Sanidad, pero creo que estamos empezando a retroceder un poco.

¿En qué sentido?

Hay mucha burocratización y pocos profesionales. Deberíamos formar a más para evitar esa carencia, y también contar con una mejor organización. Además, es necesaria una mayor protección de la sanidad pública ―en la que he trabajado toda mi vida y de la que soy una firme defensora― y evitar su privatización y desmantelamiento. También habría que reducir las listas de espera. Yo vivo los retrasos en carne propia como paciente.

¿Y la situación de la pediatría en atención primaria, concretamente?

Ante la falta de pediatras, tal vez tendremos que optar por modelos similares a los que aplican en otros países, como Reino Unido. Allí no suelen ejercer en atención primaria, sino en los hospitales. En los centros de salud están médicos de familia ―que rotan por pediatría― y enfermeras muy especializadas e implicadas en los cuidados, en la prevención y en la promoción de la salud. Yo no lo vería mal, pero sería algo muy complicado de implantar. La población ya está acostumbrada a contar con un pediatra cerca y se pondría en contra.

En el MIR todos los años quedan plazas libres en atención primaria. ¿Por qué este nivel asistencial no resulta atractivo para los médicos jóvenes?

Porque los profesionales de la atención primaria están sobrecargados de trabajo y cada vez se tienen que encargar de más cosas. Creo que es una cuestión que va más allá del salario. El problema, más bien, son las condiciones en las que hay que trabajar.

¿Cuál ha sido su mayor satisfacción como médica a lo largo de su vida profesional?

Haber tenido la suerte de poder desarrollar mi carrera profesional relativamente bien ―aunque probablemente podría haberlo hecho mejor en ciertos momentos difíciles― y recibir el cariño de los niños y de las familias. Me gustan los niños, así que para mí son los mejores pacientes. Me he sentido muy querida y bien tratada. Ellos me están agradecidos, y yo también lo estoy con ellos.

¿Ha vivido algún momento especialmente desagradable?

Recuerdo que, cuando estaba en Ponteareas, recibí amenazas de muerte por parte de un padre alcohólico que creía que no estaba tratando adecuadamente a su hija. La llevamos al hospital de Vigo en taxi ―que pagué yo― y el hombre se pasó todo el camino de ida y el de vuelta insultándonos a mí y a su mujer. Decía que iba a matarnos. A ella “por fiarse de mulleres” y, a mí, por no identificar correctamente qué le sucedía a la niña. Por fortuna, en el hospital se confirmó mi diagnóstico: su hija tenía salmonelosis y diabetes, así que no me “cortó la cabeza”, como amenazaba con hacer. Fue muy duro, porque además yo era joven y estaba empezando.

¿Cómo transcurre su vida después de haberse jubilado?

Muy tranquila, pero sigo colaborando con alguna pequeña labor de voluntariado con pacientes. También participé en un programa de educación sanitaria de Cáritas durante un tiempo, pero se suspendió con la llegada de la pandemia. Quiero implicarme más en este tipo de actividades.

Y forma parte de la coral polifónica Follas Novas desde 1983. ¿Qué significa la música para usted?

La música es mi gran pasión y me acompaña desde pequeña, porque en las celebraciones del pueblo siempre se cantaba, y también lo hacían quienes regresaban de trabajar. En la familia de mi padre había muchas personas que cantaban muy bien. A mí también me gustaba, aunque al principio me daba vergüenza. Formé parte del coro de Celanova ―donde, además, aprendí a tocar la bandurria― y, después, del coro universitario y de Follas Novas, donde continúo, porque me encanta. De niña me hubiera gustado estudiar piano, pero mis padres no podían permitírselo. No obstante, ya con unos 40 años, me inscribí en el conservatorio para cursar los cinco años de solfeo y un año de conjunto coral. Además, también me gustan mucho el arte y la literatura.

¿Qué le pide a la vida?

Salud, porque a mis 73 años creo que mi vida ya está más o menos cumplida.

¿Le queda alguna asignatura pendiente?

Siempre eché en falta no haber impartido docencia. No porque considerara que tuviera mucho que enseñar, sino como un acicate para seguir mejorando a nivel personal.

¿Cómo le gustaría que le recordaran?

No creo que haya sido alguien tan importante como para recibir estos homenajes y ser recordada. He sido una persona normal. He intentado hacer bien mi trabajo porque sentía que era mi obligación. Tuve oportunidades que otros no tuvieron y siempre estudié gracias a las becas, así que intenté devolver a la sociedad algo de lo que había recibido de ella.