“La cronicidad está desbordando el sistema sanitario”

“El gasto en sanidad aumenta, pero el problema sigue sin arreglarse: los hospitales y la atención primaria continúan con muchos problemas”

Fernando Lamelo Alfonsín (Ourense, 1963) se presenta como un “médico de a pie”. Quienes lo conocen, sin embargo, hablan de él como un referente y lo definen como un profesional implicado que se desvive por sus pacientes y que no dudó, en los momentos más duros de la pandemia, en arriesgar su salud para ayudar a los mayores de las residencias sociosanitarias. Hijo de una maestra y de un funcionario de Correos, siempre supo que quería dedicarse a la medicina. Estudió en el colegio de los Maristas de Ourense, se licenció en la Universidad de Santiago de Compostela y completó su formación MIR como especialista en medicina familiar y comunitaria en A Coruña. Dirige, desde 2023, el Servicio de Hospitalización a Domicilio y Cuidados Paliativos del Chuac —en el que ha desarrollado toda su carrera—, y puso en marcha, en 2020, la Unidad de Coordinación y Apoyo a Residencias, pionera en Galicia y con una filosofía única en toda España. Su excelencia profesional y humana —patente a lo largo de sus más de tres décadas de ejercicio—, su constante dedicación y su defensa de los valores propios de la medicina le han valido el reconocimiento del Colegio, que le hará entrega de la Medalla de Oro y Brillantes durante el Encuentro Médico del próximo 20 de junio.

¿Cómo valora la concesión de la Medalla de Oro y Brillantes del Colegio?

Se trata de un gran honor, por supuesto. Y también de una responsabilidad. Dudo que merezca recibir este reconocimiento, porque hay muchos compañeros que han hecho tanto o más que yo por el sistema sanitario y por los pacientes. La medalla se personaliza en mí, pero creo que habría que fraccionarla en muchos trozos: es fruto del trabajo de numerosas personas que me han acompañado y de la labor en equipo que desarrollamos en el Servicio y en las residencias. Estoy muy agradecido a los integrantes de la Comisión de Honores y Premios del Colegio por proponer mi nombre y a la Junta Directiva por aprobar la concesión de la medalla en representación de muchos profesionales del sistema sociosanitario. Me siento nervioso, porque soy un médico de a pie que no está acostumbrado a este tipo de reconocimientos.

¿Qué le llevó a querer ser médico?

Es la profesión a la que quise dedicarme desde que era un niño. Como broma, siempre cuento que también ayudó el ejemplo de un médico amigo de mi padre. Tenía una posición acomodada, un chalé en las afueras de Ourense y, entre otras cosas, un Citroën DS Tiburón —el mismo que utilizaban los presidentes de Francia—, así que comprendí que, además de un gran valor humano, la profesión abría posibilidades. En mi caso, lo más cerca que he estado de poseer un Tiburón ha sido gracias a la versión en miniatura que me regaló el director de una residencia durante la celebración de un fin de año en el centro. Al chalé todavía no he llegado.

¿Cómo fueron sus inicios profesionales?

Tras terminar la carrera aprobé el MIR y, aunque dudé entre especializarme en medicina familiar y comunitaria o en intensiva, finalmente no hubo dilema porque la última plaza en Galicia de medicina intensiva fue para una compañera de promoción. Elegí A Coruña como destino porque aquí fue donde cumplí el servicio militar obligatorio —en el que no libré ni un solo día para poder empezar la residencia junto a mis compañeros, a comienzos de enero de 1991—. Los inicios fueron duros: después de seis años de carrera, uno de preparación para el MIR y tres de especialidad, en aquella época los médicos nos íbamos al paro. Había pocas oportunidades de trabajo, más allá de alguna sustitución. En el caso de nuestra promoción, además, coincidió que no se abrieron las listas de contratación en atención primaria, por lo que no podíamos ejercer en ningún sitio. Yo me sentí afortunado, porque fui el primero en encontrar empleo. El entonces jefe de la Unidad de Hospitalización a Domicilio (HADO), Juan Sanmartín, me propuso incorporarme, a pesar de que yo no conocía absolutamente nada de este ámbito. Acepté encantado y comencé el 5 de mayo de 1994. Desde entonces, nunca me he movido de aquí, aunque tuve oportunidades para trabajar en otras áreas.

¿Qué es lo que le atrae tanto de su Servicio?

Creo que reúne todo lo que puedo desear. Es un mundo que te cautiva y en el que ayudas. Te permite entrar en el domicilio de los pacientes, un lugar de privilegio terapéutico. Aunque se sufre, es una vertiente de la medicina totalmente humana. Por eso llevo 32 años trabajando en HADO, a pesar del elevado coste que supone a nivel personal y de equipo.

La hospitalización a domicilio es una de las tres patas del Servicio, junto a cuidados paliativos y la Unidad de Coordinación de Residencias. ¿Cómo funciona?

La Unidad de Hospitalización a Domicilio de A Coruña fue la quinta que se creó en España, en noviembre de 1987, y años más tarde nos convertimos en el primer servicio de este tipo en Galicia, con el doctor Luciano Vidán como responsable. Se trata de una alternativa al ingreso convencional, con la misma garantía y seguridad asistencial, pero con la particularidad de que nosotros necesitamos contar con la figura de un cuidador en el hogar del paciente, a quien formamos para hacer absolutamente de todo, desde administrar antibióticos hasta utilizar vías venosas. Estamos dotados con 60 camas, que se encuentran en los domicilios. Cubrimos los municipios de A Coruña, Oleiros, Sada, Culleredo, Arteixo y Cambre —aproximadamente 398.000 habitantes—. Nos encargamos tanto de ingresos convencionales —pacientes quirúrgicos, traumatológicos y, sobre todo, agudos o crónicos agudizados— como de la modalidad de hospital de día en domicilio. Cuando un paciente tiene dificultad para acudir al hospital a recibir un tratamiento, someterse a una paracentesis, una toracocentesis, una transfusión o una ferroterapia intravenosa, nos desplazamos nosotros. Incluso hacemos tratamientos oncológicos e inmunoterapia en el domicilio, en consenso con los oncólogos.

¿Qué ventajas tiene tratar al paciente en su casa?

Para el enfermo, todas. Se tiende a pensar que la estructura de un hospital proporciona seguridad, pero en estos centros también se puede producir iatrogenia —a pesar de que los profesionales hagan muy bien su trabajo— debido al volumen que hay que atender. Las infecciones hospitalarias son mucho más serias, porque nos encontramos con bacterias resistentes que no están presentes en los domicilios. Garantizamos asistencia las 24 horas —ya sea propia o del 061—, contamos con enfermería, con un cuidador adiestrado prácticamente para todo y con los servicios de PAC o del 061 para la coordinación. Por otro lado, no hace falta haber estado ingresado en un hospital para conocer su dureza. De repente entras en un medio que, sin quererlo, es agresivo: te imponen unos horarios que no son los tuyos, te asea una persona que no es de tu familia y el paciente con el que compartes habitación no te deja dormir. Con la garantía de recibir la misma asistencia, en tu casa tienes tu televisión, tu conexión a internet, comes lo que te apetece y respetas tus horarios. La recuperación es distinta. Para el sistema, además, somos mucho más baratos que una cama hospitalaria, aunque yo no hablaría tanto en términos económicos: si ese paciente se va con hospitalización a domicilio, deja libre una cama para otra persona que no puede ser atendida en casa. Resulta ventajoso para todos.

¿Cómo ha evolucionado la hospitalización a domicilio en las tres décadas que lleva ejerciendo?

Los cambios han sido importantes. Cuando yo empecé a trabajar, atendíamos a pacientes que eran subsidiarios solo de poner un antibiótico una vez al día. Existían únicamente dos antibióticos que se podían administrar en domicilio: uno intramuscular y otro intravenoso. Ese era nuestro único arsenal. Ahora disponemos de veinte o treinta fármacos antibióticos que se pueden aplicar con distintos dispositivos. Se ha producido un desarrollo tecnológico enorme, y actualmente contamos con bombas de infusión y hemos crecido mucho en dispositivos de accesos vasculares. Prácticamente se puede suministrar cualquier medicamento de uso hospitalario en un domicilio con la debida seguridad asistencial. También ha cambiado el empoderamiento del paciente y su familia: ahora trabajamos mucho en la autoadministración. En 1994 era la enfermera la que tenía que desplazarse para aplicar la medicación, y nuestro radio de acción terminaba en el puente de A Pasaxe porque solo cubríamos el municipio de A Coruña. En aquella época, HADO era un mundo desconocido y pequeño, mientras que hoy existen más de 130 unidades en España —con un incremento importante a partir de la pandemia—. 

¿Se encuentran con reticencias a ser atendidos en su domicilio por parte de los pacientes?

Actualmente el índice de rechazo es bajo, pero en los inicios resultaba complicado convencerlos. Ahora es mucho más sencillo porque a lo largo de cuarenta años hemos acompañado a muchas familias, y quien nos conoce ya pide acudir al Servicio. Normalmente somos nosotros quienes ponemos los límites para la atención en función de nuestra valoración médica, porque necesitamos que las condiciones higiénicas en las casas sean adecuadas, que cuenten con teléfono y que haya un cuidador que reúna los criterios necesarios. La mayoría de los rechazos se deben a que no es posible contar con una persona que nos ayude, que tenga vigilado al paciente y que nos avise si se produce alguna incidencia. En general, el número de personas atendidas crece, y todavía va a hacerlo más.

¿Por qué?

Cada vez hay más procedimientos que se ambulatorizan, y somos nosotros los que nos encargamos de atenderlos en personas con limitaciones físicas o mentales. Además, no tiene sentido que alguien tenga que desplazarse 20 o 30 kilómetros para administrarle un fármaco en el centro hospitalario. Tenemos una alternativa que es buena para el sistema —porque no se masifica el hospital de día y se puede atender a otras personas—, para el paciente —que no tiene que desplazarse— y para la familia —que no tiene que pedirse un día libre para acompañarlo—.

Su equipo trabaja en el ámbito más íntimo del paciente, en su casa y en sus últimos momentos. ¿Cuál es su enfoque sobre los cuidados paliativos, otro eje del Servicio?

Los cuidados paliativos tienen que seguir un camino paralelo al diagnóstico, no empezar solo cuando teóricamente no hay nada más que hacer. Empiezan con el diagnóstico, con la atención del oncólogo o del médico de familia. Al principio alivian síntomas físicos y psíquicos poco complejos y, según avanza la enfermedad, disminuyen las posibilidades de tratamientos curativos y se incrementan los paliativos. Deben servir como acompañamiento desde el punto de vista psicológico, humano y terapéutico, ofreciendo una atención centrada en la persona, lo que incluye a todo su entorno familiar. Atender a un paciente paliativo desde el punto de vista médico puede llevar poco tiempo, pero, desde la perspectiva humana, enfrentarnos al final de la vida y al sufrimiento consume muchos recursos físicos y, sobre todo, mentales.

¿Cómo se gestiona ese desgaste?

Con dificultad. El sufrimiento es del paciente y de la familia, pero también del profesional. De hecho, somos una de las unidades con mayor índice de síndrome del profesional quemado. Nosotros realizamos cuidados paliativos en nuestro Servicio, en los domicilios y en las plantas del hospital. Y no solo se trata de acompañar a la persona que va a fallecer, también atendemos a la familia e, incluso, el duelo posterior. Hay que tener en cuenta que, el año pasado, se produjeron 200 fallecimientos en HADO y aproximadamente 500 en Cuidados Paliativos. No hay ningún otro servicio que gestione esas cifras.

¿Qué desafíos tienen que abordar en la atención paliativa?

Los cuidados paliativos, que nacieron dirigidos a pacientes oncológicos, ahora abarcan también enfermedades como la insuficiencia cardíaca en fase avanzada, la insuficiencia respiratoria, la insuficiencia renal o la demencia avanzada.  Los especialistas consiguen que se viva cada vez más tiempo, pero llega un momento en el que esos pacientes son subsidiarios solo de medidas paliativas. En general, las familias son comprensivas cuando el oncólogo dice que, por desgracia, no hay más tratamiento curativo. Ven al enfermo deteriorarse y entienden que estamos cerca del final de la vida. Sin embargo, ahora nos enfrentamos a la persona —mayor o no— con una insuficiencia cardíaca avanzada que le lleva a ingresar muchas veces al año por fallo cardíaco, y la asistencia no da para más. Tenemos que empezar por educar a la población: hay un momento en el que no se puede seguir. No se trata de vivir a toda costa. Por cariño, las familias —y también los profesionales— someten a determinadas personas a situaciones que no tienen justificación, en lugar de adecuar o limitar el esfuerzo terapéutico y decir basta. Vamos a enfrentarnos a un gran reto debido a las enfermedades crónicas que también requieren cuidados paliativos.

¿Habría que cambiar su concepción?

Creo que los cuidados paliativos no son algo que tengan que hacer exclusivamente nuestro Servicio o atención primaria: los profesionales de las superespecialidades —quirúrgicas o no— deben formarse en este ámbito. Que alguien vaya a fallecer no significa que tenga que acudir a la Unidad. Nosotros deberíamos estar para atender casos complejos, porque las 23 camas con las que contamos, en un hospital con 1.200, son insuficientes. Todos tenemos que hacer cuidados paliativos, y nosotros dar consejo a las distintas unidades en aquellos casos que no sepan abordar.

Hablemos de la tercera pata, la Unidad de Coordinación a Residencias. ¿Cómo nació?

Arrancó el 24 de marzo de 2020, en plena pandemia. En las residencias saltaron las alarmas porque se estaba muriendo mucha gente y no se estaban tomando las medidas adecuadas. El gerente del área sanitaria, el doctor Luis Verde, y el director asistencial en aquel momento, el doctor Antón Fernández, tuvieron una visión adelantada y pensaron que había que hacer algo antes de que nos pasara lo mismo que ya estaba sucediendo en Madrid. Me propusieron hacerme cargo, probablemente porque llevaba muchos años entrando en las residencias y defendiendo que había que adoptar medidas. No sabíamos ni siquiera cuántas residencias sociosanitarias existían en el área. En junio, después de la primera y la segunda ola, la gerencia decidió que era necesario dar continuidad al proyecto y seguir ayudando a las residencias más allá de la Covid-19, y entonces se creó oficialmente la Unidad. Desde ese momento, gracias a la labor de un equipo multidisciplinar, ayudamos a los 76 centros residenciales del área sanitaria de A Coruña y Cee, en los que viven unas 4.300 personas. Les apoyamos en la asistencia clínica para ingresos, procedimientos, final de vida o abordaje de brotes, además de en asuntos administrativos, suministros y resolución de problemas.

¿Qué diferencia a esta Unidad de otras de España?

La diferencia principal es que somos un equipo multidisciplinar integrado por distintos especialistas. Hay un núcleo coordinador central, pero la visión es de equipo. Creo que la atención sanitaria debe ir por ese camino. Hasta ahora funcionaba en compartimentos estancos, pero en las áreas sanitarias ya empezamos a ver unidades multidisciplinares que se centran en el paciente. Un ejemplo que lleva muchos años funcionando con magníficos resultados es la Unidad de Mama, pero también hay otras, como la de ELA. Los profesionales de nuestro Servicio somos conscientes de que ignoramos muchas cosas, y por eso nos reunimos todos los meses con una veintena de compañeros de diferentes áreas para diseñar soluciones a los problemas. Eso es lo que nos diferencia de las unidades creadas en otras partes de España, como los geriatras de enlace de Madrid, que hacen consultas y resuelven dudas, pero solo son un servicio intentando ayudar. Nosotros somos un grupo cada vez más grande y heterogéneo a disposición de las residencias. Por eso nos han otorgado el premio Avedis Donabedian de coordinación sociosanitaria y hemos sido finalistas en los premios Best in Class.

Una de sus quejas recurrentes es que los usuarios de las residencias no siempre son vistos como pacientes del sistema sanitario.

No se conoce cómo es el ámbito residencial. Se da por hecho que los centros cuentan con equipo médico y de enfermería y que ellos deben sacarse las castañas del fuego para atender a las personas mayores. En realidad, lo que había en las residencias era un “médico con fonendoscopio”, sin más recursos. Ese era todo el arsenal terapéutico y diagnóstico con el que contaban. Necesitamos un cambio de mentalidad. En las residencias nos encontramos, fundamentalmente, con personas mayores en la cúspide de la pirámide de la cronicidad y de la complejidad que son, en un 99 %, usuarios del Sergas. Por lo tanto, debemos dirigir recursos sanitarios hacia ellas y, por parte de la Administración y de los profesionales, comprender que la atención a esos pacientes también es parte de nuestra cartera de servicios.

¿Ha cambiado el perfil de los residentes en los últimos años?

Sí. Hace unos cuarenta años el perfil era sobre todo social: no se podía cuidar a la persona en casa porque no había familia que se hiciera cargo. Después pasó a ser un perfil más sociosanitario, con mayor complejidad. Ahora —tanto en centros públicos como privados— las personas que ingresan suelen tener grandes necesidades de cuidados sanitarios. Esto es algo que el sistema no supo prever. Cada vez tenemos una mayor tecnificación y más pacientes con ventilación mecánica o con necesidades complejas que no pueden ser atendidas en su domicilio, pero a los que tampoco se les puede mantener ingresados en el hospital durante toda su vida, así que acaban en una residencia.

¿Y estos centros cuentan con los recursos para responder?

Nos encontramos residencias con 150 usuarios de gran complejidad sanitaria en las que trabajan una enfermera o dos, porque no encuentran a más profesionales. Y no solo tienen que atender a sus pacientes, sino que desde el sistema sanitario se les pide que administren la medicación, que realicen curas, que midan la glucemia y que atiendan a la familia en un trabajo que, además, no se valora. Hacen frente a esto solas, pero solo escuchan críticas —injustas— hacia su labor. En el sistema sanitario tenemos que ser conscientes de que somos muchos más. Debemos darles herramientas a los profesionales de las residencias y poner nuestros múltiples recursos a su disposición. Las personas que viven en ellas podrían ser nuestro padre, nuestra madre o nuestros hermanos, y deberían recibir la atención que nos gustaría para nuestros familiares.

Durante la pandemia, cuando todavía no se conocía bien a qué nos enfrentábamos, usted acudió a las residencias para atender a los pacientes. ¿Qué recuerda del trabajo desarrollado en aquellos primeros momentos?

La situación era caótica. Si en los hospitales teníamos miedo y desconcierto, en las residencias el problema se multiplicaba, porque no tenían forma de comunicarse con el sistema sanitario. Necesitaban realizar pruebas PCR y cribar a los usuarios. En mi primer día como integrante del gabinete de crisis, el gerente me pidió que acudiera a la residencia Portazgo, donde ya había algunos fallecidos. Yo ni siquiera sabía ponerme el equipo de protección individual, así que un enfermero de Urgencias, Juan Pablo, me enseñó cómo hacerlo en el aparcamiento del antiguo hotel de pacientes. El doctor Carlos Lariño y Juan Pablo entramos en un lugar en el que se concentraban más de cuarenta personas contagiadas y las atendimos. Médicos y enfermeras hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano, al margen de nuestro trabajo diario, para ayudar en las residencias. Las jornadas eran muy largas. Sabíamos cuándo empezábamos —normalmente a las siete de la mañana—, pero no cuándo íbamos a terminar. Lo habitual era que yo llegara a casa alrededor de las once de la noche. Dormíamos un poco y volvíamos al trabajo.

¿Cómo afrontaron el reto?

Conseguimos cosas importantes. Una de las prioridades que estableció el gabinete de crisis fue que no estábamos dispuestos a que ninguna persona, debido a su edad o por el hecho de vivir en una residencia, no pudiera recibir el mismo tratamiento que se aplicaba en el hospital. No faltaron fármacos, oxígeno ni suero. Medicalizamos las residencias. Las que contaban con recursos los utilizaron, y en las que no, el área sanitaria se encargó de facilitarlos. Médicos y enfermeras nos desplazábamos casi a diario para supervisar y ayudar. Después llegó la vacuna, que supuso un antes y un después. 

¿Hay algo positivo que haya sacado de la crisis sanitaria?

Fue duro, porque vimos morir a mucha gente —y la parte más difícil se la llevaron los profesionales de las residencias—. El sistema sanitario no estaba preparado para lo que se nos vino encima, pero aquella debilidad se ha convertido en una de nuestras fortalezas. Ahora tenemos un trato muy cercano con las residencias, en las que lideramos programas de formación que se han extendido al ámbito online para toda Galicia. La experiencia también nos ha preparado para abordar cualquier brote que surja, porque sabemos cómo hacerlo y tenemos recursos. El sistema ha mejorado —por ejemplo, con la posibilidad de que médicos y enfermeras de residencias puedan acceder a la historia clínica de los pacientes o solicitar un análisis sin tener que pasar por atención primaria—, aunque tenemos que dar más pasos. La Consellería de Política Social ha avanzado mucho, y ahora nos falta desarrollar mucho más la coordinación sanitaria.

En sus intervenciones se muestra como un firme defensor de los valores de la profesión médica. ¿Se están perdiendo?

Creo que hay determinados valores que a los médicos nos vienen de fábrica. A todos los profesionales sanitarios se nos presupone humanidad, empatía, compromiso, acompañamiento y saber estar cerca de los pacientes mientras sufren. Esto es algo que los médicos antiguos y los más mayores tenían grabado a fuego. Siguen existiendo profesionales muy comprometidos y con grandes valores humanos, pero creo que la sociedad actual va por otros derroteros.

¿En qué sentido?

Todos los años vemos que las especialidades más demandadas en el MIR son aquellas con menos guardias o las que ofrecen mayores oportunidades económicas en el sector privado. Algo estamos haciendo mal, porque las primeras plazas en elegirse deberían ser medicina familiar y comunitaria, interna o geriatría. Las especialidades generalistas tendrían que ser las primeras en ocuparse, porque creo que son las que mejor representan la competencia médica. El cirujano torácico o el traumatólogo tienen que saber mucho sobre su área, pero el médico de familia, el internista o el geriatra tienen que saber mucho de todo. Sin embargo, estas no son las especialidades más valoradas ni por los compañeros ni por la sociedad. A todos se nos llena la boca diciendo que la atención primaria es la pieza base del sistema. Yo sí lo creo, pero no con el modelo actual.

¿Qué cambios necesita el sistema?

La Administración tiene que dar más recursos. En primaria tenemos un buen sistema reactivo, pero no un sistema proactivo: sabemos poner muy bien la tirita, pero no evitar la herida. Los hospitales se desbordan, las listas de espera se eternizan y seguimos sin ser un sistema que lo evite y genere una mayor calidad de vida. También hay un problema en la sociedad, que ya no valora la profesión médica como antes. Más allá de términos económicos y de debatir si los facultativos tendríamos que cobrar más, lo que está claro es que deberíamos tener un mayor reconocimiento social. Cuando yo empecé, los médicos éramos figuras respetadas en nuestro entorno. Ahora esto no es así, y una de las consecuencias son las numerosas agresiones que sufrimos. Tenemos que concienciar a la población de nuestra labor para ponerla en valor porque, de lo contrario, ahondaremos en un problema grave: ni siquiera por más dinero los profesionales querrán incrementar su actividad. Ya estamos teniendo problemas para cubrir guardias o para trabajar los sábados. Las dinámicas han cambiado y ahora los jóvenes quieren tener calidad de vida y descansar. Me parece lícito, pero contrasta con la visión de los veteranos, para quienes nuestro trabajo era una parte esencial de nuestra vida. Si un compañero te pedía que le ayudaras en el quirófano, nadie planteaba cuánto se le iba a pagar. Se hacía sin más. Creo que tenemos un problema de compromiso entre los médicos jóvenes, y no va a mejorar sin un incremento de la valoración social.

¿Lo ve posible? 

Tenemos que hacer comprender a la ciudadanía que el médico de atención primaria es la pieza clave y el que más respeto merece. Debe ser la puerta de entrada al sistema, y la Administración tiene que hacerlo posible. Nos encontramos en un momento muy delicado desde el punto de vista sanitario, con un modelo que hace aguas por muchos sitios. Ni antes éramos el mejor sistema sanitario del mundo ni ahora somos el peor, pero hay que aceptar que necesitamos hacer cambios y que estos no tienen que estar motivados por cuestiones políticas. Todos los partidos deberían unirse en este sentido, porque la situación va a ir a peor.

Usted ha sido tutor de residentes. ¿Cuál es su percepción sobre las aptitudes y actitudes de los nuevos facultativos?

En este sentido, un problema añadido a los anteriores —y, además, difícil de solucionar— está en el acceso a la carrera. Teóricamente tenemos a los estudiantes con los expedientes más brillantes entrando en Medicina, pero estos no reúnen necesariamente los valores que debe tener la profesión médica. De hecho, vemos importantes niveles de fracaso en compañeros que se frustran cuando llegan a la verdadera medicina durante el MIR —o, incluso, en la propia carrera—. Existe un alto consumo de fármacos por parte de los médicos porque la ansiedad y el estrés que genera nuestra profesión son difíciles de manejar. Debemos abordar todo esto y analizar si es posible modificar el numerus clausus en las facultades, porque no necesariamente quien tiene la nota más elevada va a ser un buen profesional.

Galicia es una de las comunidades más envejecidas y con mayor cronicidad de España. ¿Qué supone esto para la atención a los pacientes?

La cronicidad está desbordando al sistema sanitario. Vivimos mucho, aunque esto no quiere decir que vivamos bien. Por suerte, en España y en Galicia tenemos una esperanza de vida muy alta, pero sin embargo no estamos en los primeros puestos del ranking en lo que se refiere a años de calidad de vida. Este es otro reto que tiene que abordar el sistema sanitario. No se trata de que todos vivamos hasta los cien años, sino de cómo vivimos o cómo enfocamos el final de la vida. Este es un proceso sobre el que la sociedad tiene que reflexionar.

¿Y para la sostenibilidad del sistema sanitario?

Cada vez se consumen más recursos sanitarios en un sistema que no está preparado para este tipo de atención. Todos somos capaces de poner “tiritas”, pero no sabemos planificar lo que nos va a llegar con las enfermedades y problemas relacionados con la cronicidad. El gasto en sanidad aumenta, pero el problema sigue sin arreglarse: los hospitales y la atención primaria continúan con muchos problemas. Más allá de analizar dónde hacen falta más recursos humanos o tecnológicos, el sistema tiene que reorientarse. En este sentido, nos encontramos con dificultades por parte de la Administración y también de los propios profesionales, porque nos cuesta vencer las inercias. Resulta complicado cambiar y entender que las cosas hay que hacerlas de otra manera. No todo puede venir desde la Administración. Lo que hemos puesto en marcha en las residencias lo hemos hecho desde abajo, gracias al esfuerzo de un equipo de personas que ha trabajado poco a poco para conseguir lo que tenemos hoy. Mi percepción es que, en los últimos años, estamos cada vez peor, a pesar del incremento de la inversión y de la dotación. Hace falta poner en marcha medidas drásticas para reorientar el modelo, o tendremos que dejar de hablar del sistema sanitario público como una joya. Se trata de un problema complicado que afecta a todas las comunidades autónomas —independientemente de su color político— y a países de nuestro nivel económico. Necesitamos plantear nuevas estrategias, porque las que había hasta ahora ya no sirven.