

La DANA de Valencia supone una de las grandes catástrofes naturales de los últimos años en España debido a los centenares de personas fallecidas, el gran número de desaparecidos y las grandes pérdidas materiales. A raíz de este acontecimiento, la Fundación para la Cooperación Internacional de la Organización Médica Colegial (FCOMCI) y Médicos Sin Fronteras colaboraron para realizar un webinar abierto el pasado 12 de noviembre, disponible en este enlace. Bajo el título Claves para la intervención en salud mental ante situaciones de catástrofe procuró ofrecer estrategias a los profesionales sanitarios para mejorar su actuación y atención en este tipo de desastres. Rosa Arroyo —oftalmóloga del área sanitaria de Ferrol, Medalla de Oro y Brillantes de nuestro Colegio y vicepresidenta segunda del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España (CGCOM)— moderó esta sesión en la que participaron dos miembros de Médicos sin Fronteras: la psiquiatra Cristina Carreño y la psicóloga y responsable de actividades de salud mental, Ariadna Pérez.

“Esta DANA ha sido la más devastadora de las últimas décadas. Además de las consecuencias físicas va a tener implicaciones psicológicas no solo a corto plazo, también a medio y a largo. Por eso hemos considerado que una manera de ser útiles a los profesionales sanitarios en el terreno o los que se desplacen allí en el futuro es adquirir una formación básica y transversal en aspectos psicológicos”, señaló Rosa Arroyo en su introducción. Entre los ejemplos que expuso sobre estos posibles problemas estaban “qué reacciones se pueden producir entre la población afectada, los riesgos potenciales, las pautas de comportamiento, cómo afrontar algunas situaciones y diferencias en la atención psicológica a niños y adultos que tienen familiares desaparecidos”.
La primera en intervenir tras esta presentación fue la doctora Carreño para aportar unos fundamentos sobre la materia. “Cuando hablamos de salud mental, no queremos centrarnos solo en todo lo que es el potencial traumático de una catástrofe como la de la DANA de Valencia, sino que también hay que tener en cuenta siempre los aspectos psicosociales y comunitarios”.
El primer punto que abarcó fue el impacto de un desastre como este desde el punto de vista comunitario, familiar e individual. Respecto al efecto sobre la comunidad, señaló “todo lo que son pérdidas económicas y materiales, pero también el desplazamiento de muchas familias que no tienen un lugar donde vivir”. Además, existe “un cambio en la estructura comunitaria y, sin duda, puede aparecer distancia social. También hay una parte positiva, que es toda la solidaridad que se está generando a través de nuevas redes de apoyo”.
Este impacto provoca “una desestructuración de la familia con las pérdidas de sus miembros. Aquellas que han tenido fallecidos o desaparecidos sufren un cambio en sus relaciones y en los roles”. También indicó que a nivel individual existen reacciones diversas, aunque hay elementos comunes relacionados con el trauma. “El apoyo social y familiar es básico para la recuperación. Una gran parte de la atención médica es el no patologizar y reforzar los mecanismos de afrontamiento”.
Para lograr tales objetivos, Cristina Carreño explicó qué tipo de intervenciones se deben hacer en los tres niveles. En el caso comunitario, “siempre se deben fomentar las muestras de solidaridad y conseguir que se mantengan algunas de ellas en el tiempo. Todas las iniciativas de ayuda mutua han de impulsarse y también hay que pensar en rituales y simbolizaciones para que las personas puedan sentirse acompañadas en su dolor. Es muy importante llevar a cabo la reapertura de colegios e institutos desde un inicio”.
Por otro lado, “es relevante hacer actividades de información. Las personas las necesitan porque hay mucha desinformación en estas situaciones. Tenemos que explicar cuáles son las reacciones y que se pueden normalizar todas estas situaciones y emociones que viven la mayoría”. Además, resaltó que es imprescindible fomentar estrategias de afrontamiento y dar pautas para orientar a padres y profesores, “que también tienen una responsabilidad muy grande”.
“Las personas afectadas siempre deben estar en el centro. No podemos considerarlas víctimas pasivas, sino activas, para que vayan teniendo el control de lo que les afecta y las intervenciones que se proponen para ellos”, puntualizó la facultativa.
A nivel individual pueden esperarse reacciones cognitivas —“problemas para recordar cosas, de atención o dificultad para tomar decisiones”—, físicas —“problemas de sueño, alteraciones del apetito, dolores de cabeza o estomacales”—, emocionales —sensación de irritabilidad, desesperanza, tristeza “y puede que todavía tengan miedo o culpa”— y conductuales —“puede haber abuso de sustancias, agresiones”, mucha hipervigilancia “al estar expectante todo el rato” o aislamiento—. “Hablamos de reacciones y no de síntomas porque queremos enfatizar que muchas de estas conductas son malestares totalmente comprensibles en esta situación”, indicó antes de hacer mención al crecimiento postraumático. “Hay personas que salen de esta catástrofe mucho más fuertes. Se reconstruyen de una manera que saca nuevas fortalezas”.
El siguiente tema que resaltó sobre las intervenciones es la necesidad de tener cinco principios básicos: ayudar a recuperar la sensación de seguridad, promover la calma, la autoeficacia y eficacia colectiva, las conexiones y vínculos y la esperanza. Continuó afirmando que las consultas pueden ofrecer unos primeros auxilios psicológicos. Los responsables de estas áreas no deben patologizar. Han de mantener una actitud abierta de escucha, deben normalizar la situación sin restarle importancia, ofrecer información, pautas saludables —puede ser “recuperar la rutina en la medida de lo posible”— y ayudar a que sean capaces de contactar con servicios que necesiten, como otros médicos, trabajadores sociales u ONGs.
La experta remarcó que en las consultas también puede ayudarse “a que la gente se exprese sin interrogar. No es cierto que todo el mundo deba hablar de todo desde el inicio. Desahogarse está muy bien si uno siente la necesidad. Lo que hay que mostrar es actitud de escucha. Hay que estar atentos a los relatos sin emoción”, que son aquellos en los que una persona cuenta una tragedia personal sin ningún tipo de reacción. “Hay que prestarles un poco de atención porque son más vulnerables a la hora de tener problemas de salud mental. Por esa razón es necesario centrarse en preguntar sobre sus emociones al relatar, más que los hechos en concreto”. Si los pacientes cuentan sus historias “de forma espontánea, puede facilitárseles que consigan un cierto orden en su narración. Eso les permite ir elaborando la experiencia y encontrarle sentido”. Todo esto destacando “siempre las fortalezas de la persona según lo que cuente”.
Cristina Carreño aseguró que la culpa que pueden sentir los supervivientes supone “una manera de buscar un control”. Tras exponer un ejemplo de una conversación con alguien con este tipo de sentimientos, subrayó que no se deben usar frases como “al menos estás vivo” o “lo entiendo” ni contar historias de otros afectados o dar falsas esperanzas. Además, indicó que hay que referir a los pacientes a Salud Mental cuando son personas con un tratamiento previo, con un elevado sufrimiento psicológico, que son incapaces para realizar sus actividades cotidianas, que abusan del alcohol u otras sustancias, que tengan síntomas disociativos graves o que idealicen el suicidio.
Ariadna Pérez, quien se conectó desde Nairobi (Kenia), protagonizó la segunda mitad del webinar. La psicóloga centró su inicio en el efecto psicológico de esta catástrofe sobre los jóvenes. “Los niños pueden adaptarse mejor a lo desconocido cuando reciben la información necesaria sobre lo ocurrido, lo nuevo y aquello que se necesita afrontar”. Cuando no se les hace partícipes de lo que pasa, “las dudas y la incertidumbre pueden generar ideas erróneas y más catastróficas porque tienen una imaginación muy grande”.
Acto seguido, mencionó algunos de los síntomas más comunes de salud mental en niños durante emergencias. “Miedo a salir, a la oscuridad, a sonidos fuertes o irritabilidad. Son más frecuentes los berrinches. Es normal que los padres se encuentren con muchas dificultades para manejarlos”. También puede haber “una regresión en su comportamiento: pueden hacerse pis en la cama, hablar como bebés o chuparse el dedo. Es normal, porque vuelven a esa sensación de seguridad”. También señaló las pesadillas, el aislamiento o la incapacidad de expresar sus emociones como otros posibles problemas que pueden surgir en los más pequeños en estos casos.
“Todos los niños tienen reacciones diferentes y habitualmente estas desaparecen entre los tres o seis primeros meses, porque es cuando el cuerpo logra adaptarse a la normalidad. Cuando pasa esta temporalidad o se agravan, es importante recomendar el apoyo de un especialista”, aseguró la psicóloga.
Ante estas situaciones, ofreció diferentes recomendaciones adaptadas a rangos de edad. Los niños de 0 a 3 años “muestran mucho miedo debido a la pérdida repentina de la familia o el hogar y la desaparición de la rutina. Les inquieta que esto vuelva a suceder. Es bueno darles mensajes cortos o instrucciones” con un lenguaje simple o el apoyo de cuentos. También es necesario “mantenerse cerca y avisarles si el adulto se va a separar de ellos, aunque sea por un momento breve”. Hay que “seguir rutinas diarias dentro de lo posible. En estos momentos, resulta difícil para los familiares, pero les pedimos que vuelvan a ellas lo antes posible y que mantengan alguna de las actividades que tenían antes”. Además, declaró que lo adecuado es centrar la comunicación en normalizar las reacciones de estos niños y darles ideas para sentirse mejor.
“Los niños de entre 3 y 6 años pueden entender la situación. Su manera de pensar mezcla la fantasía con la realidad, y tienden a ser egocentristas. De hecho, pueden llegar a pensar que lo sucedido fue por su culpa. Por eso hay que explicarles la situación desde que ocurre, preguntarles cómo se sienten y qué les preocupa. Debemos responder a sus preguntas con mensajes simples y ejemplos de la vida diaria”, asegura la profesional. Es recomendable “dar instrucciones sobre acciones para protegerse y salvaguardarse” y hablar sobre situaciones positivas como “que mucha gente está trabajando para ayudarles”. También hay que evitar los silencios y, al darles información, no se debe mentir sobre los hechos.
Ariadna Pérez continuó con los niños entre los 7 y los 11 años. “Son capaces de comprender sus propias emociones y las de los otros. Su manera de empezar ya es más lógica y pueden hacer preguntas bastante específicas, posiblemente basadas en ellos mismos. Si han visto morir a otras personas, su miedo más grande es que su familia también pueda llegar a morir”. Para este rango de edad, sugirió “evitar preguntar solo sobre sus emociones. Aquí es importante que el adulto intente compartir las suyas y empatizar con ellos en aquellas que son similares” porque a esta edad intentan imitar a sus mayores. Deben mantenerse conversaciones regulares sobre los sucesos para que estén informados, aunque no deben centrarse en la catástrofe y hay que procurar hablar de otras actividades.
La ponente reveló que, en el caso de los adolescentes, sus miedos suelen estar relacionados con su apariencia física y su relación con otros. Puede resultarles “difícil adaptarse a escasez de recursos y comodidades, y se molestan cuando no pueden salir o ver a sus amistades. Sus emociones son fluctuantes, pero pueden procesar información como los adultos”. En este caso, sugiere “que haya un entendimiento y explicarles por qué está ocurriendo esta desgracia con información real y respetando sus dudas”. Además, “hay que preguntarles cómo se sienten y expresarles las emociones personales sin concentrarse en uno mismo”. También “deben considerarse sus opiniones y soluciones en la medida de lo posible” y “facilitar lugares en los que puedan relacionarse con otras personas de su misma edad”.
Aparte de hablar de los jóvenes, Ariadna Pérez abordó los riesgos a los que se ven sometidos quienes acuden a ayudar. “El que cuida tiene que ser cuidado. Deben poner atención en lo que sienten, sobre todo en lo que respecta a la fatiga por compasión y agotamiento físico”. Indicó que “escuchar todas las situaciones que cuentan los pacientes puede generar un trauma vicario”, que consiste en que empiezan a padecer los mismos sentimos que la gente a la que tratan, aunque no hayan vivido esa experiencia.
Para evitar traspasar estos límites, la psicóloga recomendó que los cuidadores comprendan que “sentirse estresado, agobiado o triste es completamente normal. No significa que no sean capaces de hacer su trabajo ni que sean malos profesionales. Es importante que reconozcan sus límites” físicos y mentales. Por último, señaló la necesidad de pedir ayuda cuando sea preciso.
La experta aportó otras recomendaciones a distintos niveles: aspectos físicos —descanso, alimentación, sueño y ejercicio—, emocional —conectar y compartir—, espiritual —realizar prácticas en base a las creencias de cada persona— y profesional —reconocer el esfuerzo de otros, colaboración y agradecer la ayuda—.