

La Real Academia de Medicina de Galicia acogió a Arturo González Quintela como nuevo académico numerario en el sillón de Medicina Interna. El nombramiento tuvo lugar en un acto celebrado el 13 de junio en la sede de Durán Loriga de A Coruña, y en su transcurso el nuevo académico pronunció su discurso de ingreso, titulado «La velocidad de sedimentación globular y otras velocidades». El acto estuvo presidido por el conselleiro de Sanidad de la Xunta de Galicia, Antonio Gómez Caamaño; el presidente y el secretario General de la Real Academia de Medicina de Galicia, Francisco Martelo y Alberto Juffé, respectivamente; el presidente de la Real Academia de Farmacia de Galicia, Ángel Concheiro, y el rector de la Universidad de Santiago de Compostela, Antonio López. Además, también acudieron miembros de nuestra Junta Directiva como el presidente, Luciano Vidán, y el vicepresidente primero, Javier de Toro. Durante el encuentro se recordó a la figura del doctor José Pedrouzo, quien falleció el día anterior.
El doctor González Quintela estuvo acompañado por Rosendo Bugarín y José Luis Rodríguez-Villamil, académicos numerarios que ocupan los sillones de Medicina de Familia y Comunitaria y de Geriatría, respectivamente. A continuación, inició su discurso de recepción dando las gracias a compañeros, familiares, autoridades y sociedades, como la propia Academia de Medicina de Galicia. “Por encima de todo, este es un día de agradecimiento, que empezó hace más de 40 años cuando, con el único mérito de mis estudios de medicina en Santiago de Compostela, esta Academia tuvo a bien nombrarme correspondiente —título que he llevado con orgullo a lo largo de este tiempo—. Poco imaginaba que un día como hoy tendría que renovar mi agradecimiento multiplicado y con la benevolencia de sus miembros como académico numerario en el sillón de Medicina Interna”.

El facultativo dedicó un espacio a la figura de su predecesor en la institución, José Manuel Martínez Vázquez. “Es un motivo particular de honor y de responsabilidad. El doctor Martínez Vázquez, con quien tuve el privilegio de trabajar, es un ejemplo de médico gallego emigrante, en este caso a Cataluña. Allí completó la formación que inició en Santiago hasta llegar a ser en Barcelona jefe de servicio, catedrático y referente mundial en las enfermedades infecciosas”. También mencionó a otros maestros y referentes, como José Castillo Sánchez, Juan Martínez López, Fernando Diz-Lois o su propio tío, Martín Lázaro —“que me enseñó la diferencia entre saber medicina y ser médico”—.
Al justificar el tema de su disertación, el ponente reconoció que abordar una herramienta diagnóstica con más de un siglo sobre sus espaldas podría resultar “anacrónico”, pero también subrayó que “hablar de cosas antiguas no es un ejercicio de nostalgia, ni una evasión del presente. Reflexionar sobre la tensión entre lo que cambia y lo que perdura ha sido una preocupación constante en la historia del pensamiento médico”. Asimismo, señaló que “en un mundo dominado por la novedad y la velocidad, como la del aumento de conocimiento, detenerse a mirar lo antiguo es una forma de resistencia contra la superficialidad, la inmediatez y la ilusión de que todo lo valioso debe ser reciente”.
El experto recordó que la velocidad de sedimentación globular (VSG) es un marcador de inflamación. Está basado en la medición de la velocidad —milímetros por hora— a la que los glóbulos rojos de la sangre anticoagulada forman agregados que se precipitan, bajo la influencia de la gravedad, en el fondo de un tubo vertical estandarizado. “Es un estimador global de inflamación sistémica porque depende, fundamentalmente, de la concentración de algunas proteínas del plasma —llamadas genéricamente reactantes de la inflamación—. Neutralizan las cargas negativas en la superficie de los glóbulos rojos y, en condiciones normales, hacen que estos se repelan”.
“La velocidad no es un marcador de primera mano. En un esquema simple, las citocinas producidas en el foco inflamatorio pasan al torrente circulatorio, donde inducen a síntesis hepática de dichos reactantes, que incluyen la proteína C reactiva —PCR— y el fibrinógeno —responsable de que los glóbulos rojos dejen de repelerse, con el consiguiente aumento de su velocidad de sedimentación”—. El ponente añadió que, en este esquema, “la medición de la concentración sérica de citocinas sería un marcador de primera mano, la de reactantes supondría uno de segunda mano, y la de la velocidad no sería más que un marcador diferido e indirecto de tercera mano”.
A este completo análisis de la VSG le siguió un repaso por su historia. “Muchos descubrimientos fundamentales de la medicina han estado marcados por profundas injusticias. No solo en la forma en que se obtuvieron, sino también por cómo se han invisibilizado o ignorado ciertos investigadores por diferentes motivos. El mérito del primer dispositivo para medir la velocidad de sedimentación globular debería pertenecer al médico polaco Edmund Biernacki. A finales del siglo XIX diseñó un cilindro de vidrio especial para ello y promovió su utilización comercial”. Él “observó la relación de la velocidad con procesos inflamatorios e infecciosos, así como su conexión con las concentraciones de fibrinógeno”. Casi 25 años después de la muerte de Biernacki, “otros investigadores —encabezados por el médico internista Alf Vilhem Albertsson Westergren— retomaron la medición de la velocidad de sedimentación con modificaciones muy ligeras”. Este método, llamado de Westergren, “fue recomendado por los consorcios internacionales y sigue vigente como referencia para los nuevos aparatos que estiman la velocidad con tecnologías menos rudimentarias y en menor tiempo. De esta manera, Westergren ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo como descubridor de la velocidad de sedimentación globular”.
Añadió que, aunque han pasado 125 años desde que Biernacki describió la VSG, la prueba sigue manteniendo vigencia y utilidad clínica con ciertas limitaciones. “Siendo un indicador de tercera mano, no es sensible ni específico. No entraremos en detalles en cómo influye sobre ella la edad, el sexo y otros factores, ni realizaremos la odiosa comparación con otros marcadores más fiables de primera o segunda mano. Hablamos de lo perdurable, aunque no sabemos durante cuánto tiempo se mantendrá el uso de la velocidad de sedimentación. Puede que no mucho”. Pese a todo, “sigue siendo la primera prueba de laboratorio a la que el clínico dirige la mirada cuando sospecha una arteritis de células gigantes o una polimialgia reumática. Su valor diagnóstico no es elevado en ninguna situación, pero tiene como ventajas su simplicidad y rapidez en la determinación, su bajo coste, la familiaridad con su uso tras la experiencia acumulada durante décadas y el sabor clínico de algo clásico y artesanal”.
La segunda parte de la conferencia se centró en las “otras velocidades” de la medicina y aportó su perspectiva sobre el estado de la profesión y la sociedad actual. “La medicina siempre ha cambiado, pero su velocidad para hacerlo se ha acelerado. Se estima que el conocimiento clínico relevante caduca, queda obsoleto o precisa una revisión profunda cada cuatro o cinco años. El volumen de literatura médica se duplica, según algunas estimaciones, cada 60 días”. El conocimiento no solo aumenta, “sino que se produce y valida de maneras nuevas. Las preguntas que nos hacemos hoy no son las mismas que hacíamos hace 20 años. La medicina ha pasado de una lógica generalista a una hiperpersonalizada”. En este escenario “irrumpe la inteligencia artificial. Con sus limitaciones, es capaz de detectar patrones invisibles al ojo humano, sugerir diagnósticos, predecir eventos clínicos antes de que se manifiesten y proponer pautas de actuación con una rapidez y exactitud impresionantes”.

Arturo González Quintela declaró que “las velocidades aumentan y el ejercicio médico también se acelera. Los facultativos vivimos en carne propia la presión del tiempo. No se trata únicamente del tiempo físico entre paciente y paciente, sino también del mental, cognitivo y emocional. Exige estar permanentemente actualizado e impone respuestas rápidas, pero fundadas. Demanda integrar en minutos, y a veces en segundos, una avalancha de datos clínicos”. Esto es prueba de que “vivimos en una época de cambios y no en un cambio de época”.
A continuación, resaltó el efecto de estas dinámicas sobre la relación médico-paciente. “Se dice que el desarrollo tecnológico ahorrará tiempo al facultativo para dedicarlo al contacto a quien asiste. Permítanme que sea totalmente pesimista en este aspecto. La experiencia con la historia clínica electrónica demuestra que es lo contrario. Esta útil herramienta ha restringido el tiempo con el paciente para redirigirlo hacia la pantalla del ordenador, que se ha convertido en lo que Abraham Verghese denomina como iPatient y la medicina que García Barreno define como high tech-low touch —alta tecnología-poco contacto—”.
Como respuesta a esta transformación, el doctor González Quintela reivindicó el tiempo lento o kairos frente al tecnológico y rápido denominado kronos. “Muchas cosas han cambiado, pero el mandato sigue siendo el mismo: ejercer la medicina con juicio y prudencia. Por ello, las prácticas aparentemente lentas, como la historia clínica y la exploración, mantienen un valor en sí mismas. Las mejores herramientas diagnósticas son la silla para escuchar —Gregorio Marañón— y la mano del médico para explorar —Abraham Verghese—. Ambas cumplen una doble misión. Pueden aportar datos indetectables por otras pruebas —desde un tono de voz a una lesión cutánea— y completan el rito del acto médico con su efecto sanador”.
“La resistencia no se limita a cuestiones de tiempo, sino también a la defensa de espacios dedicados al pensamiento crítico —lugares de lectura, discusión y reflexión colectiva—. Hay que resistir la dictadura del algoritmo, las guías y la predicción computarizada para seguir ahondando en la duda constante y la capacidad de cuestionar lo que parece evidente. Con algunos tratamientos que no debimos aplicar durante la pandemia de Covid-19, nos sobró velocidad y nos faltó sedimentación”, incidió. “Un médico que duda está mejor preparado para los desafíos clínicos y éticos que surgen en la práctica diaria”.
El ponente aseguró que el efecto Baumol —fenómeno económico que consiste en el aumento salarial sin que haya habido cambios en la productividad laboral— es perfectamente aplicable en la medicina. “Aunque el saber clínico haya avanzado vertiginosamente, el tiempo por paciente de un internista o de un médico de familia no puede comprimirse al mismo ritmo sin perder calidad. Es cierto que este producto clínico así se encarece y que su valor se difumina ante la fascinación social por la tecnología, pero esta pausa es otra de las resistencias necesarias” en la profesión.
Otro desafío que abarcó dentro de la nueva sociedad impuesta por las velocidades es la enseñanza. “Formar médicos en la era de la aceleración se ha convertido en un reto. Hasta hace poco, el tiempo de la medicina en la docencia era largo. Los libros duraban décadas, los procedimientos clínicos se mantenían estables durante años y las certezas, aunque provisionales, ofrecían un suelo relativamente firme. Un médico formado en la segunda mitad del siglo XX podía confiar en que buena parte de lo aprendido en la facultad le serviría durante toda su carrera. Hoy, esa expectativa es insostenible”.
Además, “el avance de la tecnología ha erosionado la enseñanza del arte de la historia clínica, la exploración física y el razonamiento médico. Ha aumentado la pereza de alumnos, residentes y profesionales, alentándolos a tomar atajos al solicitar pruebas diagnósticas costosas y complejas que, frecuentemente, resultan innecesarias”. Para afrontar esta realidad, sugirió instruir a los jóvenes para que trabajen los “dos cerebros”. El primero es “el emocional, reflexivo, crítico, humano, empático y ético. Es el primordial y nos conecta con la esencia de la medicina. Permite que los médicos escuchen con atención y que comprendan el contexto social y emocional de cada persona”. El segundo consiste “en las herramientas digitales que acumulan y procesan vastas cantidades de información de manera rápida y precisa”.
Arturo González Quintela concluyó diciendo que “el arte del médico sigue siendo leer, interpretar y, sobre todo, acompañar. Que no os deslumbre el brillo de las máquinas. A veces, la verdad más profunda aún se deposita lentamente y en silencio en el fondo de un tubo de vidrio”.

Acto seguido, María Teresa Jorge Mora, académica numeraria del sillón de Medicina Física y Rehabilitación, se acercó al atril para realizar la contestación. “Esta encomienda reviste para mí un significado muy especial por razones personales y académicas. Tuve el privilegio de ser alumna suya durante mis años de formación y conozco de primera mano su excelencia profesional, su integridad personal, su humanidad y su profundo compromiso con la medicina en todas sus dimensiones”.
La doctora Jorge Mora repasó la trayectoria del homenajeado como profesional, maestro e investigador. Habló de su paso por el hospital Puerta de Hierro de Madrid, el Complejo Hospitalario de A Coruña y el de Santiago. También afirmó que ha mantenido una implicación constante con la USC, como demuestran las 24 tesis doctorales y más de 150 trabajos de fin de grado que ha dirigido. Además, publicó 246 artículos internacionales y lideró siete proyectos nacionales como investigador principal. “Su impresionante currículum contrasta con su carácter discreto y su manera serena de estar sin buscar protagonismo ni reconocimiento más allá del valor intrínseco del trabajo bien hecho”.
Sobre La velocidad de sedimentación globular y otras velocidades, evidenció que el nuevo académico supo entretejer con maestría el relato histórico de la VSG con una reflexión sobre el tiempo, el juicio clínico y el sentido del acto médico. “La velocidad de sedimentación globular representa el vestigio de una medicina pausada, observacional y enraizada en el contacto directo con el paciente. En esa metáfora late una advertencia. Si la medicina pierde la dimensión humana, si el acto clínico se reduce a una interacción algorítmica, habremos cedido el alma de nuestra práctica a la dictadura del dato”.
Antes de finalizar su intervención, la doctora Jorge Mora aseguró que el recorrido biográfico, profesional y académico de su antiguo profesor “es ejemplo de cómo conjugar la excelencia técnica con la sensibilidad clínica. Representa una escuela que no ha olvidado que curar también es cuidar”. Tras estas palabras, Arturo González Quintela recibió la medalla e insignia de la institución, así como el título de académico numerario.

Antonio Gómez Caamaño agradeció la invitación al acto, dedicó un momento a la memoria del doctor José Pedrouzo y felicitó al homenajeado, quien también fue su mentor como médico. “Recuerdo sus maravillosas historias clínicas en papel. Eran auténticos compendios de medicina interna. Aprendías más durante una hora en una guardia con el doctor Quintela que estudiando diez horas delante del manual Harrison”. Prosiguió afirmando que en él coinciden “todas las características que debe tener un profesional de la medicina en este siglo, más allá de lo que es el conocimiento o la capacidad”.
Por su parte, Francisco Martelo hizo alusión al discurso de Arturo González Quintela en la despedida de la jornada. “Me ha encantado que haya usado de referencia la velocidad de sedimentación globular y cómo lo ha expresado. También me ha gustado el peldaño donde ha colocado a Biernacki. Nació en el mismo año que Valle Inclán, que es una de las figuras más importantes de la denominada generación modernista de la literatura española”. También puso de relieve el discurso de ingreso del doctor García Sabell en 1974: La medicina de los signos y la medicina de los síntomas. “Ahí tienen una reflexión de cómo nosotros debemos atender a nuestros pacientes sin dejar de tener presente lo que nos cuenta. Lo más importante es el relato, más que la información de los signos”.
El presidente de la institución finalizó diciendo que “en la academia, a pesar de todo el movimiento que generamos para estudiar, aprender y ser atendidos a una velocidad de vértigo, no debemos olvidar y tenemos que mantener un contacto personal y humanístico que nos lleve a lo que realmente somos: cuidadores y sanadores”.
