Mónica Mourelo estrena el sillón de Medicina Intensiva en la Real Academia de Medicina de Galicia

La responsable de la UCI del Chuac reivindicó en su discurso de ingreso la sostenibilidad, el conocimiento y la excelencia como ejes de la medicina intensiva

Mónica Mourelo se convirtió en la primera facultativa en ocupar el nuevo sillón de Medicina Intensiva tras su nombramiento como académica numeraria de la Real Academia de Medicina de Galicia el 22 de mayo. Durante el acto, la nueva académica pronunció su discurso de ingreso, que fue contestado por María del Carmen Montero, académica numeraria del sillón de Neumología. El acto estuvo presidido por algunos de los integrantes de  la Junta de Gobierno de la Academia: Francisco Martelo —presidente—, Carlos Acuña —vicesecretario-contador—, Alberto Juffé —secretario general— y Rosa Meijide —tesorera—.

La doctora Mourelo fue acompañada a la ceremonia por Manuel Alejandro Freire-Garabal y Miguel Pérez Fontán, académicos numerarios de las especialidades de Farmacología Clínica y de Nefrología, respectivamente. La homenajeada declaró que “recibo este honor con gratitud profunda, humildad y plena conciencia de la responsabilidad que entraña”. Este sillón de nueva creación “no representa únicamente un reconocimiento personal, sino la incorporación completa de la medicina intensiva al espacio de reflexión y magisterio que simboliza esta Real Academia”.

Al presentar su discurso, explicó el origen de su título, El desafío de la Medicina Intensiva: sostenibilidad, conocimiento y excelencia. “Son tres palabras que han ido madurando a lo largo de mi trayectoria profesional. La sostenibilidad me acompaña desde hace años. Ese interés nació en mi etapa de secundaria, cuando nos mandaron hacer un trabajo sobre medio ambiente. Me impresionó profundamente un texto atribuido al jefe Seattle. Aquella lectura sembró en mí una idea que no he abandonado: no se puede separar la salud humana del mundo que la hace posible. La segunda es el conocimiento, porque la medicina intensiva es un lugar donde la medicina muestra simultáneamente su capacidad y sus limitaciones. Finalmente, la excelencia, no como una aspiración abstracta, sino como un compromiso moral. Trabajar con pacientes críticos obliga a perseguir la mejor atención posible con rigor científico, seguridad clínica y humanidad. A estos tres pilares añadiría uno inseparable: la humanización”.

La ponente afirmó que “vivimos en un tiempo de cambio profundo para la medicina contemporánea. La transformación demográfica, la digitalización de la información clínica, el progreso biotecnológico, la aceleración del conocimiento y la creciente complejidad de los pacientes configuran un escenario tan fértil en posibilidades como exigente en responsabilidades. En este contexto, la medicina intensiva ocupa un lugar singular. La Unidad de Cuidados Intensivos es donde la vulnerabilidad humana se manifiesta en su forma más extrema. Las decisiones clínicas deben ser al mismo tiempo rápidas y reflexivas, allí comparece el intensivista”.

“Las UCI son, probablemente, el espacio que mejor refleja la calidad real de una organización sanitaria. Cuando el sistema se resiente es en la Unidad de Cuidados Intensivos donde afloran sus debilidades, pero sus logros también se manifiestan ahí cuando funciona con la debida coordinación, rigor y capacidad de innovación”, recalcó antes de centrarse en los tres pilares de su discurso. 

“Hablar de sostenibilidad en la medicina intensiva exige cambiar de escala y de mirada. No basta con entenderla en términos de equilibrio entre recurso y demanda. La sostenibilidad ha pasado de ser una variable administrativa para convertirse en un principio ético y una categoría clínica”, aseguró. Mónica Mourelo abordó el One Health, enfoque integrador de la Organización Mundial de la Salud para equilibrar y optimizar la salud de personas, animales y ecosistemas, o la UCI verde, que surge “no como una extravagancia, sino como una necesidad. Sabemos que la atención sanitaria tiene una huella medioambiental relevante a escala global, y que los hospitales, por su intensidad energética, su uso de materiales y la complejidad de sus cadenas de suministro, constituyen uno de los puntos críticos sobre los que actuar. Se produce así una paradoja incómoda, pero ineludible: en nuestro esfuerzo por salvar vidas individuales podemos contribuir a empeorar las condiciones que sostienen la salud colectiva”. En el Chuac “hemos impulsado iniciativas dirigidas a reducir residuos, a redefinir procesos y a avanzar hacia modelos más sostenibles que se integren en la práctica clínica habitual”.

Sin embargo, “la sostenibilidad no es solo ambiental. Un sistema sanitario excelente también implica atender simultáneamente a la salud mental de sus profesionales, especialmente en un entorno de alta carga afectiva como son los cuidados intensivos”, puntualizó la facultativa. Cuidar a quienes cuidan “debería ser una responsabilidad organizativa y ética. Supone pasar de una cultura de la resistencia a una de resiliencia, entendida como responsabilidad del sistema. Esta reflexión enlaza directamente con la humanización de la asistencia. En un entorno donde la tecnología es imprescindible existe siempre el riesgo de que lo medible eclipse lo significativo, de que la lógica del monitor reemplace la del encuentro. Por eso resulta crucial recordar que el verdadero valor de la innovación tecnológica es liberar tiempo para recuperar la esencia de la medicina”.

“Si la sostenibilidad nos obliga a preguntarnos cómo sostener el cuidado, el conocimiento nos lleva a preguntarnos cómo orientarlo”, indicó la ponente. “Nuestra especialidad ha ido construyendo una disciplina y un cuerpo científico propios. Ensayos clínicos decisivos han transformado nuestra práctica clínica y permitido salvar miles de vidas”. No obstante, “la medicina intensiva del siglo XXI sigue enfrentándose a preguntas decisivas””, entre las que se encuentran cómo personalizar el tratamiento según la fisiología individual o cómo mitigar las secuelas a largo plazo”.  El paciente crítico real “no se corresponde con el ideal del ensayo clínico, sino que es complejo, frágil y heterogéneo. Por ello, la evidencia científica no puede aplicarse de forma mecánica, requiere juicio clínico”.

Las UCI modernas “generan enormes volúmenes de información clínica y tecnológica”, enfatizó Mónica Mourelo. “En este escenario, la inteligencia artificial y los sistemas predictivos pueden ayudar a detectar riesgos y a mejorar nuestra capacidad de anticipación. Pero el verdadero desafío no consiste en acumular datos, sino en transformarlos en conocimiento útil, y este en buenas decisiones clínicas a partir de la interpretación y de la capacidad para distinguir lo relevante de lo accesorio”. La investigación “es, aquí, una obligación estructural de la especialidad. Necesitamos generar conocimiento propio, responder a nuestras preguntas clínicas, incorporar variables de calidad de vida y secuelas funcionales. Por ello, en este punto debemos poner en valor las tesis doctorales”.

Prosiguió declarando que la experiencia del paciente tiene un valor central. “No se trata únicamente de mejorar indicadores clínicos, sino de comprender cómo viven los pacientes y sus familias el paso por la UCI, especialmente en un entorno de alta complejidad. En la Unidad de Cuidados Intensivos del Chuac hemos trabajado con una mirada multidisciplinar centrada en la experiencia de profesionales, pacientes y allegados. Este enfoque nos permitió identificar áreas de mejora más allá de lo estrictamente clínico, incorporando dimensiones como la comunicación, el acompañamiento y el entorno asistencial, que hoy sabemos que tienen un impacto directo en la recuperación y en la percepción global del cuidado recibido”.

La doctora Mourelo también resaltó la docencia. “Formar a los futuros intensivistas no consiste únicamente en enseñar técnicas, sino en, desde el ejemplo, instruir sobre cómo pensar bajo presión, deliberar en la incertidumbre, comunicar malas noticias, reconocer límites, trabajar en equipo y unir ciencia con humanidad”.

Al desentrañar la excelencia, la facultativa la definió como “la voluntad constante de hacer las cosas del mejor modo posible para cada paciente en cada contexto con los medios disponibles y la conciencia de que siempre hay margen de mejora. Los indicadores de calidad son necesarios, pero no suficientes. La verdadera excelencia exige una cultura organizativa en la que el error pueda ser analizado sin miedo, donde la seguridad del paciente sea un valor compartido y donde hablar, cuestionar y revisar no se perciba como una amenaza”.

Cuando asumió la jefatura de servicio de la Unidad de Cuidados Intensivos del Chuac en 2022, “comprendí aún más la importancia de sostener un proyecto colectivo”, compartió Mónica Mourelo. “Esta etapa me confirmó que la excelencia asistencial no nace de individualidades brillantes, sino que viene de equipos cohesionados. Durante estos años hemos impulsado cambios que reflejan esta forma de entender la medicina. Uno de ellos ha sido la apertura de la unidad a las familias y allegados mediante un modelo de visitas de 24 horas. Esta decisión fue una declaración de principios. Supuso reconocer al paciente crítico, que difícilmente se puede entender al margen de su entorno afectivo”.

La ponente manifestó que la búsqueda de la excelencia fue sumamente compleja durante la pandemia de Covid-19. “Nos obligó a improvisar, reorganizar, ampliar capacidades y redefinir prioridades. En ese momento, herramientas como el triaje dinámico o la flexibilidad de camas críticas dejaron de ser conceptos teóricos para convertirse en exigencias prácticas de supervivencia organizativa. En este contexto, la comunicación empática, la atención al dolor y al duelo formaron parte de un buen cuidado”.

Al centrar sus reflexiones en la medicina gallega, Mónica Mourelo aseguró que “dispone de una red sanitaria sólida y de profesionales extraordinariamente cualificados. Además, la progresiva consolidación de los hospitales en los últimos años sitúa a Galicia en una posición relevante dentro del panorama nacional de los cuidados intensivos”. No obstante, también expuso sus desafíos. “El paciente gallego es cada vez más, y con mayor frecuencia, frágil, pluripatológico y necesitado de decisiones clínicas prudentes y proporcionadas. Esto obliga a coordinar mejor la respuesta hospitalaria, la continuidad asistencial y la toma de decisiones compartida. La medicina gallega necesita fortalecer el trabajo de cooperación en red, compartir información clínica útil, impulsar la telemedicina y la interconsulta avanzada allí donde sea necesaria, atraer y fidelizar profesionales y consolidar proyectos multicéntricos de investigación y calidad”. También recalcó que requiere “una voz institucional fuerte que visibilice las debilidades y fortalezas de la especialidad en el diseño del sistema sanitario del futuro”.

En su contestación, María del Carmen Montero incidió en la relevancia de la incorporación de la especialidad a la institución. “Es motivo de orgullo para la Real Academia de Medicina de Galicia contar con un sillón de Medicina Intensiva, una especialidad clave en nuestro sistema sanitario, aunque con escasa presencia en las academias y aún poco conocida por la población. Una encuesta realizada en España pone de manifiesto una percepción distorsionada de la Unidad de Cuidados Intensivos. Frecuentemente, se asocia a una alta probabilidad de fallecimiento y escasas posibilidades de recuperación. Sin embargo, la realidad es que la mortalidad en estas unidades ha disminuido de forma muy significativa en los últimos años”.

La académica numeraria realzó los méritos de la doctora Mourelo al repasar su biografía profesional. “En su trayectoria asistencial ha demostrado grandes cualidades para tratar a pacientes en estado crítico. En el trabajo diario todos los compañeros pudimos comprobar su compromiso con el paciente, así como sus habilidades técnicas. Esta excelencia en la asistencia es difícil de medir y visibilizar en un índice bibliométrico, pero es muy importante para los pacientes y sus familiares, especialmente en situaciones de extrema vulnerabilidad”.

Continuó declarando que, en el contexto de la sanidad, “la UCI se considera un lugar de convergencia entre diferentes disciplinas, que no deben ser la suma de especialidades, sino la integración e interrelación de todas ellas, porque en la UCI no se tratan enfermedades aisladas, sino a pacientes en una situación crítica en la que la afectación de un órgano puede repercutir en todos los demás”.

El acto continuó con la entrega de la medalla y la acreditación como académica numeraria, y las palabras de Francisco Martelo. “Quiero felicitar a la doctora Mourelo por su excelente discurso, que muestra problemas y soluciones para pacientes, profesionales, estructura, equipamiento, procesos y tratamientos, estudiando la situación actual y las líneas de cara al futuro. En su métrica del mañana, la UCI se medirá por la capacidad de sostener la vida del paciente, la integridad del profesional y la responsabilidad con el entorno compartido con pacientes que antes eran abandonados, como los enfermos oncológicos y los ancianos”.