'Fúlgido Acre' y el mundo de las apariencias

Juan María de Prada presentó la novela que continúa la historia de Ignacio Ferreras, protagonista de Retrato del artista intransigente, obra de 1991

Juan María de Prada firma Fúlgido Acre, una novela de ficción que continúa las vivencias del escritor y periodista Ignacio Ferreras, quien también fuera el protagonista de Retrato del artista intransigente, libro que el autor escribió en 1991. La historia se sitúa más de 30 años después de la original y gira en torno a la perspectiva del personaje sobre la sociedad actual y la falsedad del rostro público en favor de la fama y el reconocimiento sin importar el contenido. Su relato ofrece una reflexión con un toque de cinismo abierta a la interpretación del público, que tuvo la oportunidad de discutir la obra con su autor en el encuentro organizado en la sede de nuestro Colegio en Riego de Agua el 16 de abril. El escritor estuvo acompañado de Bernardo Seoane, vocal de la Junta Directiva colegial, y Raquel Díaz, doctora en ética y filosofía política y profesora en la Universidad de A Coruña.

El doctor Seoane aprovechó su intervención para presentar al autor y realizar un repaso de su trayectoria literaria. “Es un escritor, un pintor y un médico zamorano que se trasladó a hacer la carrera en su juventud. Siempre combinó el estudio con su vocación artística, que expresó en dos facetas: la escritura y la pintura. Durante esos años en la facultad, escribió Verde, negro, que abordaba el activismo político en aquel momento. Sus fuentes son, fundamentalmente, el experimentalismo, el surrealismo y la nouveau roman”.

Otro de los trabajos que mencionó fue la obra que precedió a Fúlgido Acre: Retrato del artista intransigente. “Va un poco a contracorriente de modas y tradiciones. Es una defensa de la heterodoxia y la libertad creativa, que considero que son dos atributos que deben resaltarse en cualquier persona que se precie como creador”.

Respecto a su último trabajo, Bernardo Seoane aseguró que “me ha encantado y que posee una estructura muy atractiva”. Además, aclaró el simbolismo de su título, que sirve para retratar al personaje principal del relato. “Es un escritor brillante, pero ácido”. En esta historia, “acaricia el éxito con una publicación que llega hasta la Real Academia Española de una forma no muy ética”.

Raquel García aportó un concienzudo análisis de la obra. “No es baladí que el autor sea un apasionado del teatro y un especialista en este género, que necesita que el espectador observe al otro lado del dilema”. Lo que “nos trae aquí escrito en estilo novelesco es la pérdida del teatro y de la distancia analítica que objetivaba la modernidad para adentrarnos en el simulacro. Ya no hay distancias. Nos engulle la representación. Espectador y payaso son uno y lo mismo. Así entramos en la posmodernidad”.

Ignacio Ferreras “vive en un mundo tan aparente como el nuestro”. Cuando “alguien se encuentra con un hipócrita, se enamora de la persona que aparenta ser para, tal vez algún día, poder descubrirla. El o la hipócrita tiene una imagen impuesta que proteger. ¿Y si en lugar de hablar de una persona hipócrita en la novela, se refiere a una sociedad hipócrita que jamás pedirá disculpas de su deriva kamikaze y que pretende proteger la nada, o la indiferencia, en el mundo?” 

La profesora de la UDC aseguró que “la posmodernidad también es conocida como el mundo posmoral. Hemos abandonado la ética y olvidado el significado de la palabra libertad para caer en el libertinaje. Vivimos en el mensaje de la libertad negativa: ‘Haz lo que quieras con lo que tienes’, pero ¿y si lo que tengo no me lo permite? Esta pregunta es para mentes autónomas, los que aún creen en la libertad positiva, la que ha perdido Ignacio Ferreras”.

La ponente afirmó que “nos venden que hemos conseguido abrir la mente, pero la hemos abierto tanto que se nos ha caído el cerebro al suelo. La cometa de la democracia ha perdido el hilo ético que la sustentaba y que la hace volar majestuosa y libre”. Continuó exponiendo la crítica de la sociedad actual de la información indicando que “hemos abierto las puertas de la intimidad y se nos ha llenado la autonomía de ocupas. Las cavernas platónicas no son buenas, pero demasiada luz también ofusca la mirada”.

Raquel García argumentó que una novela sencilla es todo lo contrario a una fácil, y que Fúlgido Acre se encuadra en el primer grupo. “Nos atrapa en el avance de los capítulos, pero no confunde la sencillez con lo superficial. Ahonda en la crítica social desde un lenguaje extremadamente preciso, lleno de matices, de sustantivos concretos, de adjetivos olvidados en las páginas de muchos autores que son como raperos surfeando la literatura, autores que firman sobre aguas de un mundo que desconocen”.

Por su parte, Juan María de Prada indicó que su deber no era ofrecer un análisis literario de su propia obra en el que diseccionase a los personajes, la historia o su estilo. “Tampoco debería hablar de las intenciones que albergué al escribirla, porque estas poco influyen en el resultado final. La obra no termina cuando el escritor pone fin en la última página o cuando el encuadernador comprime las galeradas y sella el lomo, sino cuando los lectores la recrean con su imaginación y fantasía”.

Al compartir su propia impresión, no como autor, sino como lector de la obra, afirmó que “creo que es una experiencia compartida que la segunda lectura abre nuevas expectativas y diferentes sensaciones”. La relectura “de esta novela me ha sorprendido por la relevancia que adquiere lo que no forma parte de la trama central”. 

Subrayó la figura de su protagonista, a quien definió como “un superviviente que hace de la necesidad virtud y que usa los recursos dialécticos que domina para conseguir su propósito. Este no es otro que seducirnos y tratar de pasar por justo anhelo su irrefrenable deseo de éxito. Nos muestra sin ambages ni filtros el sendero del pícaro y la radiografía de una época”. Además, “descubrimos algo más importante: el pensamiento colectivo. Se nutre de los diferentes puntos de vista de los personajes, que, como en un juego de espejos, replican el discurso ético del antihéroe sobre los hábitos que tenemos como sociedad y el modo en el que abordamos la contingencia de la vida en común”.

Más allá de la crítica social a la búsqueda del éxito, el autor aseguró que Fúlgido Acre “nos muestra lo que somos sin veladuras ni eufemismos, con nuestros deseos y temores, con nuestra incoherencia y nuestra determinación. Esa panoplia de costumbres y pensamiento compartido en la que nos sentimos cómodos a pesar de sus costuras”.

El autor evidenció que realiza sus textos “de la forma más sencilla, pero el arma del escritor es el lenguaje, al igual que la del pintor es el pincel y los colores. Su riqueza es lo que da sentido a la obra y lo que diferencia la calidad literaria. La mala literatura tiene pocos recursos y no llega a entrar en nuestra alma. La buena reverbera con las palabras y crea ese mundo fantástico. No es lo mismo una lectura que otra”. Tras terminar una gran novela, “uno sale con la sensación de que ha vivido una experiencia distinta a otras”.

Negó la influencia de su propia vida tanto en este libro como en su precuela, aunque lleve a cabo una radiografía de la actualidad. “Cuando escribo parto de un conocimiento y de una realidad, pero no cuento mi vida. Soy bastante contrario a ese estilo. No utilizo al lector de psicoanalista”. El escritor incidió en que, aunque su mundo no sea el de la marginación, la delincuencia o la prostitución, sigue pudiendo tratar estos temas en sus trabajos. “Lo narro porque estoy con los ojos abiertos y las orejas abiertas a lo que ocurre sin haberlo vivido”.

Alejándose de la novela, durante la sesión de preguntas y respuestas, Juan María de Prada abordó la situación de la medicina. “Hemos pasado a una cuestión técnica que olvida la humanidad del enfermo”, señaló al hablar de la relación entre el facultativo y la persona que trata. “El médico de familia surgió con la idea de no perder la figura del profesional que entiende al paciente. Por desgracia, el planteamiento que hay en la estructura sanitaria ha llevado al médico de familia a dejar de ser un facultativo humanista para pasar a ser un administrador de un negocio que se llama enfermedad. Eso, evidentemente, lo he percibido y criticado, y mi literatura, aunque no trata exactamente los problemas médicos, creo que refleja esa búsqueda de humanidad”.

Sobre este punto añadió que “cuando empecé a estudiar medicina, la anamnesis y la exploración del paciente formaban parte del 90 % del diagnóstico y el 10 % restante eran las pruebas complementarias. Hoy se ha invertido el proceso”.