

El doctor Salvador Fojón, responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos Cardiológicos del Chuac, protagonizó, el 29 de febrero, la conferencia Cambio climático: cómo afecta a nuestras vidas en la sede de la Real Academia de Medicina de Galicia. En el acto participaron, además, el secretario general, el vicesecretario-contador y la tesorera de la Academia, Alberto Juffé, Carlos Acuña y Rosa Meijide, respectivamente, y también estuvo presente el vicepresidente primero del Colegio —y académico— Javier de Toro.
El doctor Juffé se encargó de la introducción a la jornada y de presentar al ponente. En su intervención, destacó que “el cambio climático y los cambios demográficos, tecnológicos y geopolíticos son las fuerzas dinámicas que están minando la estabilidad del mundo, según el informe de riesgos del Foro Económico Mundial”. Las consecuencias del clima extremo “ya están afectando a miles de millones de personas”, y el aumento de la temperatura en el planeta “producirá un incremento de la mortalidad, de las enfermedades transmisibles, el estrés, la cardiopatía isquémica o la deshidratación”. La solución prioritaria “pasa por la reducción rápida de las emisiones y la adopción de medidas creíbles por parte de todos los agentes de nuestro sistema económico para acelerar la velocidad y la escala a una transición limpia». Reducir las emisiones humanas “es la palanca más rápida para posponer y evitar los cambios críticos en el sistema terrestre. «Somos responsables de una posible sexta extinción masiva, pero también estamos en una posición única para responder y evitar las peores consecuencias”, afirmó.
A continuación, Salvador Fojón comenzó su charla afirmando que las particularidades de nuestro planeta —como la vida— “se deben, entre otras razones, a que posee una temperatura bastante constante”. En superficie, esta depende “del calor residual que le queda al planeta desde que se formó —que se libera con una velocidad sostenida— y la energía térmica que recibe del Sol”. Esas dos fuentes de calor suponen “una temperatura templada, de unos 14 grados en superficie, que es llamativamente estable y que no se corresponde con la que debería tener: debería ser mucho más baja”. El incremento de la temperatura tiene que ver con la composición de la atmósfera: “la presencia de anhídrido carbónico eleva la temperatura, a pesar de que su cantidad es insignificante», apenas unos cientos de partes por millón.
De forma natural, el planeta “emite alrededor de tres mil millones de toneladas de anhídrido carbónico al año a través de los volcanes”. Sin embargo, “sabemos que su concentración ha permanecido homogénea desde hace millones de años”. Esto se debe a que “la vida devuelve el carbono al suelo. Lo hace a través de los vegetales —carbono verde— y de la precipitación en el mar en forma de carbonato cálcico para formar los arrecifes coralinos —carbono azul—”. El ciclo se controla a través de un “sistema de retroalimentación negativa: cuando los volcanes emiten anhídrido carbónico y su concentración aumenta, la temperatura de la atmósfera sube, por lo que la vida prospera y consume el carbono del aire devolviéndolo al sustrato”. Por lo tanto, la concentración de dióxido de carbono disminuye “y el planeta se enfría. Funciona de forma automática. Esta es la llamada ‘hipótesis Gaia’ de James Lovelock».
En la actualidad, «sabemos que la temperatura y las concentraciones de anhídrido carbónico han seguido un curso completamente paralelo gracias al análisis del hielo de la Antártida. A través de él podemos comprobar la temperatura a la que se formó el hielo y analizar la concentración de los diferentes gases en las burbujas de aire que quedaron atrapadas dentro».
Por otra parte, «también hay ciclos de origen astronómico: unos que se dan cada 40.000 años —que provocan glaciaciones—, otros cada más de 100.000 y otros, más pequeños, que producen el fenómeno del Niño».
Sin embargo, con el uso de combustibles fósiles por parte del ser humano se añadió una nueva fuente de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. «Cada año, nosotros liberamos aproximadamente 35.000 millones de toneladas —diez veces más que la actividad volcánica—», una cantidad «que la biosfera no puede regular por sí sola». Por lo tanto, «después de que se haya disparado la actividad industrial, la temperatura ha aumentado».

A todo ello se suma que los procesos encargados de producir carbono verde y azul «se encuentran en muy mal estado porque también los hemos maltratado. La destrucción de la biodiversidad es el segundo eslabón de la cadena». En realidad, la naturaleza «sería capaz de reabsorber esas 35 gigatoneladas de carbono, pero en los últimos 50 años nos hemos llevado por delante la mitad de las selvas tropicales, un 1 % al año». Con la situación actual, «la máquina de carbono verde se encuentra absolutamente desbordada». También lo está «la de carbono azul. El anhídrido carbónico reacciona con el agua para producir ácido carbónico, que eleva la temperatura del océano y disminuye el pH, lo que provoca la muerte de los corales. Un 35 % de los arrecifes del planeta están ya muertos por este mecanismo». El doctor Fojón señaló que «se trata de algo muy grave: en la estructura del planeta tenemos dos posibles soluciones al problema que hemos generado, pero hemos dañado ambas lo suficiente como para que se produzca un equilibrio indeseable».
En 1958, el científico estadounidense Charles David Keeling «fue el primero en medir la concentración de anhídrido carbónico en la atmósfera. En aquel momento, había alrededor de 300 partes por millón. A fecha de hoy, tenemos 425, y ya se está produciendo un aumento de la temperatura». Además, «hay que tener en cuenta que este proceso es similar a una plancha: desde que se enciende hasta que se calienta pasa un tiempo. En este caso, van a pasar décadas hasta que registremos todo el incremento de la temperatura. El problema ya está generado, ahora afrontaremos las consecuencias».
En la actualidad, «ya hemos elevado la temperatura del planeta alrededor de un grado. Puede que no parezca mucho, pero en la última glaciación —en la que los hielos llegaron a Ciudad Real desde el polo norte—, el descenso fue de cuatro grados. Nosotros ya lo hemos aumentado en uno, y en el futuro pueden ser tres o cuatro, con lo podemos estar ante un problema de proporciones imprevisibles».
Entre las consecuencias de una elevación de pocos grados en la temperatura están, por ejemplo, «que los terrenos del cinturón de África —que abarca Senegal, Mali, Níger, Mauritania, Chad, Sudán, Eitrea y Etiopía— no sirvan para agricultura ni para ganadería, que es de lo que viven sus habitantes, porque quedarían prácticamente desertizados. La economía de esos países, donde viven unos 500 millones de personas, se vendría abajo inexorablemente».
Otro de los problemas que puede traer consigo el cambio climático es la falta de lluvia. «Tal vez pensemos que podemos compensarla con el riego de los campos, pero no es así. Nosotros regamos con agua dulce —que tiene sales—, pero el agua de lluvia es destilada. Después de décadas regando, los campos quedan salinizados y se esterilizan —algo que ya ha sucedido en lugares como Arkansas, Oklahoma o Australia—.
Además, el incremento de las temperaturas «hace que los ecosistemas subtropicales ardan con más facilidad. En Galicia lo comprobamos todos los veranos». Este problema afecta al suelo, «que es el órgano fundamental por el que funcionan los ecosistemas subtropicales». También conlleva que «la atmósfera contenga más agua que nunca, por lo que, cuando llueve, lo hace de forma torrencial», y que haya menos agua en estado sólido. «Los glaciares son el testigo perfecto de este fenómeno, porque funcionan como termómetros. Todos los glaciares del mundo han retrocedido, y su fusión provocará más inundaciones». Salvador Fojón puso como ejemplo «los glaciares del Himalaya, que alimentan grandes ríos como el Indo, el Ganges, el Mekong o el Yangtsé. Si se funden, se verán afectados ecosistemas en los que vive el 20 % de la población mundial».
Otro problema adicional, explicó, «son los deltas, donde residen mil millones de personas porque son llanos, tremendamente fértiles y fáciles de comunicar. Sin embargo, se encuentran a treinta centímetros sobre el nivel del mar, por lo que con el derretimiento de los glaciares se inundarán». También influye «el aumento del nivel del mar como consecuencia de la dilatación del agua por el incremento de la temperatura. Se está elevando, aproximadamente, tres milímetros al año. Ya hay lugares en el mundo que han tenido que ser abandonados debido a este problema: los indios cuna de Panamá se marcharon de una de sus islas, al igual que los habitantes de Tangier, en Virginia, porque se inundaron.
También hizo hincapié en la fusión del hielo polar, «que tiene dos consecuencias. La primera es la modificación de las corrientes marinas y el afloramiento de los elementos que se encuentran en el fondo. Esto afecta a los caladeros —incluidos los de Galicia— y a los tifones y tornados tropicales —los más grandes ya han duplicado su frecuencia—». Además, «la circulación aérea de la atmósfera está organizada en una serie de cinturones que distribuyen la temperatura a lo largo del planeta, pero las perturbaciones la están alterando, y de forma imprevisible”.
Todos estos procesos, además, influyen en la salud de las personas. «Los vectores de enfermedades se desplazan, y ahora tenemos brotes de zika, chikunguña, dengue o malaria en latitudes que antes se encontraban a salvo de estas patologías, incluidos países subtropicales. Debemos prepararnos». También el Niño —uno de los ciclos de variación estacional— provoca variaciones en la incidencia de malaria, la enfermedad transmisible que más personas mata hoy en día, aunque le hemos hecho poco caso porque hasta ahora se daba en países en vías de desarrollo». A ello se le suma que algunas poblaciones, como Ciudad de México, Bogotá o Lagos, «se encuentran a una altura —y, por lo tanto, a una temperatura— que evita la aparición de malaria», pero esto puede cambiar.
Los problemas no se quedan ahí, sino que se retroalimentan de forma positiva. En primer lugar, «el hielo, al ser blanco, refleja la energía que le llega, pero cuando se funde se vuelve azul y absorbe calor. Por lo tanto, la fusión provoca más fusión por pérdida del albedo». En segundo, «si el permafrost se descongela, toda la materia orgánica que se ha acumulado en él a lo largo de millones de años se funde emitiendo anhídrido carbónico —en condiciones aerobias— o metano —en condiciones anaerobias—, que es mucho peor».
En la última parte de su intervención, el doctor Fojón afirmó que «nuestra mayor preocupación debería ser la reducción de emisiones de anhídrido carbónico y la restauración de los órganos vitales de Gaia: las selvas tropicales, la biodiversidad y los arrecifes coralinos». También incidió en el factor humano «y en los conflictos que se van a generar» porque «habrá pueblos, etnias y naciones enteras que se quedarán sin sustento, además de epidemias y pandemias, desplazamientos migratorios masivos, corrupción administrativa, pérdida de culturas y deterioro de las condiciones vitales». Esto resulta inasumible moralmente y debería movernos a todos a trabajar para invertir el proceso».
La solución, aseguró, «pasa por controlar nuestra biomasa y hacer justicia distributiva para que haya orden y justicia sobre el planeta». Teniendo en cuenta la superficie de la Tierra, «tocamos a dos hectáreas por persona, aproximadamente, pero los seres humanos consumimos dos y media por término medio. En lugar de vivir de los intereses, estamos destruyendo el capital. La vida que lleva un ciudadano estadounidense necesita de 12 hectáreas, mientras que un ruandés precisa 0,05. Tenemos que pensar a nivel planetario, porque la atmósfera no entiende de fronteras. Es un problema de todos». «Hay que recurrir a un modelo basado en un nuevo concepto de justicia, desarrollo y equidad», junto a la salvaguarda de la biodiversidad y el fin de las fuentes de energía basadas en la combustión».