La medicina jacobea a partir del Códice Calixtino

Rosendo Bugarín cerró el 48º Congreso Nacional de Semergen analizando las referencias sanitarias que contiene el manuscrito.

Entre el 7 y el 10 de octubre, Santiago de Compostela acogió el 48º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen), que reunió a 4.700 médicos de familia de toda España para abordar los principales avances de la especialidad. La conferencia de clausura corrió a cargo de Rosendo Bugarín, miembro de la Comisión de Deontología y Ética Médica de nuestro Colegio, que centró su intervención en “La medicina en el Camino de Santiago a partir del Códice Calixtino”. Esta obra, del siglo XII, “consiste en un conjunto de cinco libros de temática variada cuyo hilo conductor es el hallazgo de las reliquias del apóstol Santiago en tierras gallegas”, explicó, y en sus páginas “se incluyen valiosos datos relativos a los aspectos sanitarios del Camino”. Estos abarcan “desde la tipología de los enfermos y los profesionales encargados de su atención —hospitaleros, médicos o boticarios— hasta la red de hospitales disponibles, recomendaciones terapéuticas e incluso medidas de salud pública, como la higiene en fuentes y ríos”.

El doctor Bugarín destacó que uno de los aspectos más sorprendentes de la obra “es la detallada y precisa clasificación de las enfermedades que un peregrino podía contraer o manifestar a lo largo de la ruta.

Este rigor tiene una explicación lógica: si bien los motivos para peregrinar a Compostela eran diversos —acción de gracias, promesas, espiritualidad o simple aventura—, la razón principal solía ser la búsqueda de sanación mediante la intercesión del Apóstol”. Además, “las duras condiciones del viaje favorecían que los caminantes enfermaran en el trayecto debido a patologías carenciales por mala alimentación, deshidratación, agotamiento, hacinamiento e insalubridad —con el consiguiente contagio de enfermedades transmisibles—”. A todo ello “se sumaban las intoxicaciones alimentarias, los traumatismos fortuitos —o provocados por salteadores y animales— y afecciones climáticas como golpes de calor o congelaciones”.

El ponente también incidió en las numerosas enfermedades que se mencionan de forma específica en el Códice Calixtino, “con términos que, en muchos casos, se han conservado hasta la actualidad”, como “leprosos, frenéticos, nefríticos, maniáticos, sarnosos, paralíticos, artríticos, escotomáticos, flegmáticos, coléricos o dementes”, entre muchos otros.

Otro de los aspectos que recoge la obra es el abuso del alcohol. “El vino no solo era un componente básico en la dieta hospitalaria, sino que se le atribuían propiedades terapéuticas para ciertas dolencias. Por ello, el autor consideró imprescindible advertir sobre su uso y abuso a través de los siguientes versos: No te dejes de Venus vencer ni tampoco del vino. / Pues de la misma forma Venus y el vino dañan. / Venus enerva las piernas y Baco a su vez, excesivo, / Entorpece el paso, debilitando los pies. / (…) / Y cuando, en fin, por aquélla o por ésta enloquecen los hombres…”. Según explicó Rosendo Bugarín, la analogía con los males “de Venus” podría llevar a pensar en enfermedades de transmisión sexual, pero “es más probable que se refiriera a la gota o podagra. Un célebre aforismo de Hipócrates sentenciaba que la gota era hija de Baco y de Venus, vinculando su etiología directamente con los excesos del alcohol y la lujuria”.

Con respecto a las medidas terapéuticas, “el Códice alude tanto a los lapidarios —minerales con propiedades curativas como el alumbre— como a los herbarios —fórmulas magistrales como la gera fortísima o el lirio—”. Además, “previene contra la picaresca de los falsos enfermos que buscaban lucrarse simulando llagas con sangre de liebre, tiñéndose los labios o fingiendo fracturas, así como de los sanitarios embaucadores. De este modo, el texto ya perfilaba de forma temprana el fenómeno de los simuladores, las pseudociencias y el intrusismo profesional”, aseguró.

Por otra parte, para ensalzar las virtudes sanadoras de Santiago, el Liber Sancti Jacobi “evoca a las grandes figuras de la medicina clásica: Hipócrates, Galeno y Dioscórides. A diferencia de estos médicos, que solo actuaban sobre el cuerpo humano, la intercesión del Santo se presentaba como un remedio tanto para el cuerpo como para el alma”. Era considerado “un sanador integral, precursor conceptual de la medicina holística o modelo biopsicosocial actual, frente a la mera medicina orgánica”.

El Libro II del Códice Calixtino, explicó el facultativo, “recopila 22 milagros, varios de los cuales describen la curación de patologías concretas —como afasia, tumores de garganta, crisis convulsivas, parálisis o fracturas de húmero—, presentándose casi como auténticos casos clínicos medievales”. A pesar de que “la fe del peregrino era el requisito fundamental para la sanación, el texto reseña curaciones milagrosas en personas no creyentes, como los sarracenos. Un ejemplo notable es la curación atribuida al propio Almanzor, caudillo del Califato de Córdoba. Trasladándolo a la realidad contemporánea, se podría decir de forma metafórica que la atención taumatúrgica del Apóstol no entendía de fronteras, acogiendo por igual a los colectivos de migrantes en situación irregular de la época”.

También se refirió al Libro V, que “se erige como un verdadero pionero de las guías de viaje”. Según indicó, las palabras hospital, hotel, hospedaje y hospicio “comparten la misma raíz etimológica”, y hasta los siglos X y XI “la frontera entre un alojamiento y un centro sanitario no estaba bien definida, ya que ambos nacían del deber moral de la hospitalidad hacia el caminante”. En los hospitales jacobeos “se ofrecía una asistencia integral: cuidados materiales —alimentación, hidratación, mantenimiento de vestimenta, higiene y desparasitación—, atención física, soporte espiritual y sepultura en caso de fallecimiento”. Además, en este ámbito “vislumbramos los primeros indicios de una división asistencial: un modelo público, gratuito y benéfico ligado a los hospitales, frente a un modelo privado y de pago vinculado a posadas y hospedajes”.

Entre los centros asistenciales más emblemáticos de la época “destacaba el hospital del Priorato de Santa María la Real, situado en la cumbre del alto del Cebreiro”. En Santiago de Compostela, “el antiguo Hospital del Apóstol se ubicaba originalmente ante la puerta norte de la Catedral, en la Azabachería. Tras la construcción del Gran Hospital Real por orden de los Reyes Católicos, las antiguas dependencias se transformaron en el Colegio Menor de San Jerónimo, cuya fachada románica ojival se trasladó posteriormente al edificio de la plaza del Obradoiro donde, en la actualidad, tiene su sede el rectorado de la USC”.

Los hospitales “eran muy variables en tamaño y diseño arquitectónico. Coexistían centros muy modestos, de apenas cuatro camas, con complejos asistenciales de gran magnitud que hoy en día clasificaríamos como hospitales de tercer nivel”, afirmó. También “existía otra modalidad de centros que podríamos denominar monográficos, destinados en exclusiva a la atención de patologías específicas. Entre ellos destacaban los hospitales de San Lázaro, especializados en el cuidado de la lepra, y el Hospital de Castrojeriz, en la provincia de Burgos, concebido para sanar a los aquejados por el ‘fuego de san Antón’ —ergotismo—. En la actualidad, sabemos que este padecimiento era causado por la ingesta de ergotamina, una toxina producida por el hongo cornezuelo que contaminaba el centeno. Dado que los peregrinos francos solían consumir pan de este cereal, sufrían la intoxicación con relativa frecuencia. Al ingresar en este hospital, la dieta se basaba en pan de trigo, lo que permitía la curación de los pacientes menos graves al cesar de inmediato la exposición al agente tóxico”.

La prevención es otra de las cuestiones que aborda la obra, “enfatizando la importancia de una correcta alimentación, hidratación e higiene”. En el Libro V se recoge “un catálogo de alimentos recomendados característicos de las distintas etapas de la ruta, así como advertencias sobre la salubridad de las fuentes y los ríos”. El lavado corporal “constituía una práctica higiénica esencial, aunque imbuida de un profundo componente ritual y de purificación espiritual, lógico en una época en la que aún se desconocía el origen microbiológico de las enfermedades infecciosas. Como muestra de esta vertiente higiénico-religiosa, destaca el origen etimológico del topónimo Lavacolla. El término procede del latín coleus, cuyo significado original es ‘bolsa’ o ‘envoltorio’ y, por extensión semántica, ‘escroto’. Este lugar era, por tanto, el enclave donde los peregrinos realizaban sus abluciones de las partes íntimas antes de hacer su entrada definitiva en la Catedral de Santiago. En esta misma línea, el célebre botafumeiro cumplía una función purificadora a la vez que actuaba como un primitivo desodorizante ambiental para mitigar el fuerte olor de las multitudes congregadas”.

Para concluir, Rosendo Bugarín subrayó que “la medicina plasmada en las páginas del Liber Sancti Jacobi es ciertamente rudimentaria y ajena a los criterios científicos contemporáneos. Sin embargo, tras sus preceptos subyace el imperecedero empeño del ser humano por aliviar el sufrimiento del prójimo. Todo ello enmarcado en un escenario idóneo para la solidaridad, la convivencia y la espiritualidad como lo es, y ha sido siempre, el Camino de Santiago”.